Breve Historia del Capitalismo (V)

2009
Julie no era excesivamente guapa, pero tenía cerca de cuatrocientos seguidores en su blog. Allí colgaba textos, versos libres y muchas fotografías: habitaciones primorosas, pósters, montañas… Y sus gatos. También imágenes de fiestas a las que hubiera querido ir, pero a las que nadie le invitó. Otras, las menos, eran fotos de ella misma, 17 años, muy delgada, la ropa colgando alrededor de su cuerpo como trapos sucios. En unas pocas salía incluso acompañada por alguno de los chavales algo sociópatas de los que a menudo se encaprichaba; niñatos con los que hablaba de pelis antiguas, mientras se emborrachaban y fumaban algún porro de verde barato; chicuelos que si llegaban a darle un beso, normalmente no sabían qué hacer con la lengua, pero que solían quedar estupendos en cada encuadre.

Algunos de sus seguidores eran muy fieles, y siempre le dejaban comentarios por escrito, graciosos a veces, pero en general más bien ridiculos, la mayor parte invitaciones más o menos disimuladas a verse desnudos y decirse guarradas. En una ocasión alguien llego incluso a escribirle que “me gustaría olerte por dentro”. Julie No supo qué pensar al respecto.

Julie estaba triste casi siempre, y sus padres hacía tiempo que no sabían qué hacer con ella, y la habían dejado por imposible. Pero los padres nunca entienden nada. Mientras tanto, su cifra de seguidores seguía aumentando, y por fin, empezaban a llegar invitaciones a las fiestas más top del underground de su ciudad. Lo siguiente, por qué no, serían litros y litros de vodka barato, alguna raya de vez en cuando, venga esas pastillas, un sumergirse en la música, cuatro potadas chungas, y dar gracias.

A su alrededor, la realidad se fue haciendo más y más volátil, resbaladiza, binaria e inconsistente. Surgieron nuevos canales de comunicación, nuevos interlocutores al otro lado del abismo. Y de pronto se dio cuenta de que sólo con esforzarse un poco podría conseguir de los demás todo lo que deseara. Para ello sólo haría falta utilizar sus precarias armas con inteligencia.

La revelación definitiva llegó el día en que empezó a encontrar mensajes ocultos en el pelaje de sus gatos Mitsu y Ramen, y en las gotas de rocío acumuladas sobre las hojas del jardín trasero. “Deja que el Mundo lo sepa”, “Cuando se den cuenta, será ya tarde”, “Todos, menos tú, están hechos de sombra”.

Cada vez pasaba más y más tiempo pegada a la pantalla, fumando marihuana a carretadas, haciéndose fotos de sí misma, una detrás de otra sin descanso, máquina de producir deseo: rímel corrido, ojeras, puntas del cabello abiertas. Cada vez enseñando un poco más de su lívida carne. La gente le exigía más y más, la consumían. Solían pedirle consejos, sobre todo las chicas más jóvenes, pero en realidad no hablaban con ella, sino con otra Julie. La que existía en aquel otro mundo, esplendoroso y decadente, en el que la Julie real se refugiaba para escapar de la apatía en la que le sumía su instituto, por un lado, y de las dudas entre estudiar diseño de moda o montar una banda tributo a Joy Division, con ella como frontwoman, por el otro.

Aun así, sentía angustia, una zozobra constante y tenue que a veces lindaba con el pánico más absoluto. Hasta el punto de que en un momento dado pensó incluso hablarlo con sus padres. Pero lo descartó pronto, porque los padres nunca entienden nada.

Julie acabó viendo mensajes ocultos sobre prácticamente cualquier superficie. Pasaba horas semidesnuda delante de la webcam, y la gente copiaba sus peinados, se masturbaba mirando su imagen, o le mandaba regalos y le hacía ingresos en su cuenta. Llegado un momento, sus padres tuvieron que controlar la llegada de paquetes al hogar, hartos de las visitas constantes del cartero. La cuenta corriente de Julie empezó a hincharse, gracias los donativos de sus feligreses, mientras ella dejaba de comer. Su único alimento pasó a ser el amor ilusorio de los demás. El himno de su reino digital era el chirrido de un router apolillado, y cuando se miraba en el espejo veía una musa colosal hecha de pixeles, la imagen de sí misma con la que siempre había soñado, desde que empezara a sufrir los rigores de la adolescencia. Desde que empezó a desear, por encima de cualquier otra cosa, ser la chica que las redes adoraban, la que ellos desean, y ellas envidian. Tener más amigos que estrellas hay en el cielo, ser querida por todos.

Quizás, si realmente pudiera demostrar que en realidad iba sobrada de amor, que ella era en realidad un ser completo, pero desplazado de su verdadero hábitat por una cuestión meramente espacio-temporal, la doctora Molineux le permitiría salir a pasear por el jardín, ni que fuese un ratito cada día. Sabía que el volver a tocar un ordenador estaba descartado a perpetuidad mientras estuviera allí dentro, pero echaba en falta a sus compañeras de terapia, y en aquella habitación tan mullida a duras penas entraban unos pocos rayos de sol al día. Julie era la Suma Sacerdotisa de Internet, y como mínimo se merecía disfrutar de una pequeña dosis de aire fresco de vez en cuando.

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