Moebius Steak House

1.
Durante unas semanas, hace ya tanto que ahora todo el episodio le parece un sueño incómodo, la figura de Menelao Schlesinger estuvo en boca del Planeta entero. Esta celebridad fulminante y nunca deseada no le llegó por tener un nombre tan peculiar, sino debido a un acontecimiento por entonces sin precedentes: Menelao fue el primer hombre clonado. La primera persona cuyo código genético fue replicado por completo dando lugar a otro ser humano que en esencia era su copia exacta. Su gemelo idéntico, a quien sus creadores bautizaron como Wilhelm y que sería popularmente conocido como Willy o Guillermito, fue cultivado en una complicada red de placentas artificiales a partir de una serie de muestras de sangre y tejidos de Menelao. Ser protagonista de semejante momento histórico le valió por supuesto convertirse en el centro de portadas y noticiarios en prime time, de tertulias y debates encendidos en los que personalidades televisivas de todo pelaje dieron su opinión sobre el caso, la mayor parte del tiempo sólo para demostrar que en general no tenían ni idea de lo que estaban hablando. De un día para otros Menelao pasó de ser un tipo más bien gris, sin atributos definidos más allá de ese nombre que pese a lo excéntrico le venía de familia, a polémica hecha carne.

Semejante giro de los acontecimientos le cayó antipático. Él se conocía bien, y se consideraba un hombre del montón. No tenía mucha vida social ni le atraían los pensamientos demasiado complejos. Lo suyo eran las películas cómicas, la canción ligera, y las cosas de la vida cotidiana: alquileres, facturas, mujeres, etc. En la época en la que cayó en sus manos el anuncio era muy joven y relativamente pobre. Justo acababa la carrera de económicas y tanteaba algunas de sus posibilidades laborales sin mucho ímpetu. Su familia, humilde, no podría seguir manteniéndole, pero él tampoco se veía empujado a la vida en los despachos, ni le preocupada mucho su carrera laboral. Los años habían borrado de su memoria la cadena de acontecimientos que le llevó a reparar en aquel discreto anuncio por palabras en el que se requería “sujeto para tratamiento experimental”. Un periódico al azar, sentado en un parque, un día más bien aburrido. Sí que recordaba el membrete de la clínica y sobre todo las palabras que realmente llamaron su atención: “cuantiosa recompensa económica”. Tomo la decisión allí mismo, sin pestañear. No comentó nada a sus padres ni hermanos, ni a sus pocos amigos. Sólo le preocupaba que el trámite fuera lo más rápido e indoloro posible, e ingresar ese cheque que le daría un largo tiempo de respiro.

La recompensa era, efectivamente, cuantiosa. Tanto que le extrañó no haber tenido que pelearse con uñas y dientes por conseguir el puesto. Muy al contrario, los doctores que le atendieron parecieron muy contentos de ver que alguien se había animado a participar. La interacción con ellos fue aséptica pero compleja. Menelao se sentaba en salas de colores claros mientras una sucesión de personajes bronceados vestidos con batas le iban hablando. Le explicaron con bastante detalle en qué consistiría el proceso y enseñaron modernos gráficos tridimensionales en pantallas de plasma, mientras dulces señoritas le servían bebidas de colores. Fue tratado como un rey sin que acabara de entender muy bien lo que le decían, ni por qué tanta deferencia hacia su persona. Después de hacerle firmar una pila bien gruesa de papeles le desvistieron, le vistieron, le pincharon, rasparon y cortaron, le embadurnaron con extrañas sustancias de olor sintético, le hicieron decenas de test psicotécnicos y monitorizaron con electrodos cada uno de los movimientos de su organismo. Le dieron varias veces de comer, y tenía una asistente personal que atendía cada uno de sus requerimientos, por otra parte escasos.

Cuando cogieron de él todo lo que quisieron, le enseñaron, con mucho tacto, el camino de salida. Y así Menelao quedó en la calle, algo débil y aturdido, pero con la promesa de una enorme suma de dinero en su cuenta corriente a los pocos días.

2.
Unos seis meses después, cuando ya casi había olvidado todo aquello, se desató la tormenta. Su contrato blindado tenía una estricta cláusula de confidencialidad. Hablar con cualquier sobre los detalles del proceso habría sido un suicidio. La clínica y su departamento de comunicación se encargarían de todo. Sin embargo, las filtraciones llegaron, y pronto los medios sabían incluso su talla de calzoncillos. A continuación: semanas de acoso mediático, televisón y radio acampando en la puerta de su casa, merchandising con su cara, encendidos debates éticos, filosóficos y teológicos en todos los canales, controversias políticas, inspecciones ministeriales y querellas millonarias entre lobbys sanitarios. Guerrilla mediática que por otra parte fue conveniente y rápidamente olvidada y sustituida por el siguiente trending topic, como información que se desplaza a velocidad ultrasónica entre los átomos de cada cuerpo. El tiempo llamó a la costumbre, de un debate se pasó al siguiente y casi todo el mundo acabó aceptando aquello como algo normal, algo con lo que no era necesario dramatizar. Hoy la clonación humana es un asunto familiar para el grueso de la población, y salvo por la hostilidad de ciertas comunidades religiosas, nadie parece quejarse demasiado al respecto. Es una opción más en ciertos tratamientos médicos para ricos excéntricos y un campo de investigación aceptado y extremadamente lucrativo. Durante aquellas semanas de locura, Menelao apenas salió de casa, leyó mucho y se cuidó. Le molestaba no poder salir al parque, y las llamadas insistentes de su madre acerca de su bienestar, pero por lo demás, la vida le iba bien.

Sin que se diera apenas cuenta, pasaron los años. Veintidós desde entonces. Menelao ha ido prosperando, y hoy es un hombre de negocios discreto, peso medio. En su empresa le encargan llevar cuentas de cierta cuantía, pero creen que le falta la ambición para ascender a las categorías superiores. Ni molesta, ni destaca. Viste traje y corbata y se plancha él mismo las camisas en el vestidor de su cómodo apartamento de tres habitaciones. Puede que sus dos divorcios y un hijo al que nunca ve sean datos relevantes para explicar quién es, o puede que no. Va todos los días a trabajar en su coche de marca coreana y cilindrada media. Cuando hace bueno, almuerza sandwiches de huevo en los bancos delante de su oficina, tomando un rato el sol. Los jueves por la noche a veces va a escuchar jazz a un club del centro, y se toma unas cervezas. A veces, si la soledad le puede, se va de putas.

3.
Hoy sin embargo es martes. Su hora de entrada a la oficina hace rato que pasó, y lo mismo le da. Todo a su alrededor ha perdido color. Toda su atención se centra en el joven desgarbado que tiene sentado delante, masticando un jugoso filete como si fuera el último bocado de la Tierra. Está escuálido, quizás haga días que no come caliente. El ojo morado y el labio inferior partido tendrán otra historia detrás, no menos triste. Entre dentelladas, toses y tragos de refresco, el chico le cuenta su historia, mientras Menelao apenas se mueve, casi no respira. Anonadado. “He estado en tres o cuatro hogares de acogida desde los ocho o nueve años”, farfulla mientras desgarra la carne a dentelladas. “Pero no me gustaba ninguno. Eran todos unos cabrones. Salvo John y Bethany. Esos eran buenas personas. Pero querían que estudiara. Qué cojones voy a estudiar yo. Yo no soy listo”.

Menelao le pregunta por su infancia temprana, por sus padres. El chico dice no recordar mucho. Dice que en el colegio le miraban mal y apenas tenía amigos, aunque nunca supo por qué. Que le llamaban monstruo, medio niño o cosas peores. Que las madres apartaban a sus hijos de él cuando pasaba, como si fuera el mismísimo Satán. El chico se llama Wilhelm, pero todos, desde siempre, le conocen como Willy. Debido a las heridas y la suciedad, y a que casi se había olvidado de que alguna vez fue joven, a Menelao le ha costado bastante reconocerse en él. Pero ahora no puede dejar de verse. Como un espejo que devolviera la imagen con un retraso de unos veinte años, Menelao se mira en Willy mientras éste pide el postre. No piensa decirle nada al respecto de su condición. Lo mejor que podría pasar es que le tomase por loco. Se pregunta cómo es posible que el chico no haya averiguado nada sobre su pasado durante todo este tiempo, que los bastardos de la clínica lo dejaran suelto por el mundo, huérfano y olvidado, después de la que se lió para que el chico naciera. Si sería en realidad así, o los estarían vigilando en ese mismo instante. Si todo esto no sería un truco para ponerle a prueba, tantos años después. Por que en circunstancias normales, ¿cuál sería el porcentaje de probabilidad de que Willy le robara la cartera a Wenceslao? ¿De que, en esencia, se robara a sí mismo, veintidós años después? ¿Qué cadena de acontecimientos habría podido conducir a ese momento sin que nada ni nadie mediaran en él? ¿a estar en ese restaurante, esa mañana, mirándose el uno al otro, seres idénticos separados por la edad, la trayectoria, los golpes, el sexo, las responsabilidades, el dolor de huesos, las bolsas en los ojos?

Se da cuenta de pronto de que nunca antes se había preguntado qué pasaría con su clon una vez fuera fabricado. La filosofía vital de Menelao le lleva a evitar todas aquellas preguntas que puedan suponerle un quebradero de cabeza. Y en ese momento se maldice por haber sido tan descuidado, durante tantos años. Por apenas haber leído la montaña de papeles que firmó. Por no haber pensado que en realidad se estaba poniendo en manos de gente muy poderosa, que en cualquier momento podrían reaparecer en su vida y cantarle las cuarenta. Ponerle a prueba, porque eso es lo que está ocurriendo.

Menelao mira entonces a su alrededor, en busca de cámaras o de ojos vigilantes. No ve nada sospechoso. Necesita salir de allí, no se siente seguro. ¿Podrá hacerlo sin llevarse con él a Willy? ¿Sin hacer siquiera el gesto de sacarse a sí mismo del mal camino, darse una vida? Pero entonces, ¿cuál sería la estrategia? ¿Llevarlo a vivir con él? ¿Explicarle que es su clon, que dentro de otros veintidós años será exactamente igual que el tipo gris que tiene delante? Los mismos ojos claros de cristalino amarillento, las mismas manos duras. La misma voz, la misma modulación de los movimientos. Ese vacío espacio-temporal entre ambos, ese aburrimiento de dos décadas, le llena de una angustia tal, que por un momento siente el impulso de rajarle la garganta al joven y tirar su cuerpo, castigado pero aún así todavía bello, a un container. Pero al momento siguiente piensa que eso sería el equivalente a matarse a sí mismo, y siente náuseas. Así que se recuesta en su silla y se observa acabar con el último trozo de tarta de la nevera.

En el pesado ambiente del local, Menelao se siente inquieto. No hay salida para este tipo de dobleces del tejido cósmico. Se siente frágil, como si estuviera escurriéndose por entre los pliegues de la realidad. Le asalta un nuevo pensamiento: ¿y si él en realidad no fue el primero? ¿Es posible que haya más Menelaos, más Willhelms? ¿Que sus memorias del pasado no sean sino una alucinación, como quizás los sean las de Willy, o las de sus muchas potenciales copias? Quizás ellos dos fueran sólo dos de mil reproducciones, que casualmente hubiesen coincidido en medio de la calle, provocando un accidente cuántico de proporciones todavía desconocidas. Verle frente a él le hace consciente de las infinitas posibilidades, de cada enlace causal, del azar y la entropía. De que su vida podría haber sido otra. De que si realmente ha sido mil veces clonado, le habrán pasado mil cosas distintas. De que él mismo podría haber sido otra persona. Que tal vez, en realidad lo fuera.

Se siente de pronto una simple cadena de ADN moviéndose en forma bípeda a través de uno de los muchos universos posibles. Y el saberse contingente, el saber que en realidad no hay nada que él pueda hacer para evitar el éxito o descalabro de su vida clónica, el hecho de que Willy acabe convirtiéndose en un asesino en serie o un buen samaritano, le desanima a intentar cambiar el rumbo de nada. No está en sus manos cambiar el curso de la Historia, ni dar empujón alguno a los átomos que conforman el Universo. Menelao se levanta de la silla, deja caer sobre la mesa un par de billetes grandes y se pone las gafas de sol. Willy apenas le mira mientras se dirige hacia la puerta, dejando su pasado distópico atrás. Cuando la puerta del restaurante se cierra tras él, desea olvidar. No sabe qué hacer con ese nuevo hormigueo de pensamientos que le inundan la mente. De pronto desea no haber tenido hijos nunca. No haber contestado nunca aquel anuncio. Si los hubiere, desea ser el primero de todos sus clones en morir, sólo para no tener que verse ni una sola vez metido en una urna. “No podría soportarlo”, se dice mientras vuelve con paso lento a la oficina, deseoso de meter las narices en una nueva pila de contratos frescos.

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