Abrigo de niebla

Jakob llega tarde otra vez, y otra vez apenas ha podido practicar las partituras del día. Las repasa a última hora de cualquier manera mientras se termina el bocadillo de la merienda y trata de que los papeles no se le desparramen por el suelo de baldosas del portal en penumbra. A unos metros de su cabeza, artesonados y arabescos floridos. Lámparas de finca regia. La primera vez que puso su pie allí, de la mano de su madre, pensó en los cuentos de fantasía que le leían antes de acostarle cuando era más pequeño. No le gustó esa sensación difícil de capturar de estar atravesando una membrana hacia otro mundo. Han pasado las semanas y todavía no se ha acostumbrado.

Llega el ascensor, y al ir a abrir la vieja puerta metálica la carpeta está a punto de caerle de la mano, saltan al vacío un par de hojas, se hace un lío con la mochila y el último mordisco del bocata acaba esparcido por la pernera de su pantalón, pintura abstracta de embutido y mantequilla.

La casa de la señorita LaPlace es grande y luminosa, de techos altos, pero da la impresión de haber conocido tiempos mejores. Una fina capa de polvo cubre cada rincón, las ricas molduras de escayola, las grandes ventanas, las puertas de madera noble. Hay en ella pocos muebles, como si su dueña estuviera siempre a punto de mudarse. En la entrada le recibe un gran cuadro de un paisaje helado en tonos grises y azulados, uno de los pocos elementos decorativos de la casa. Allí es de donde la profesora le hace esperar hasta que es el momento de entrar a la clase. A las seis en punto. Ni un segundo más tarde, regular y precisa como un metrónomo. Jakob ha llegado un poco antes. Deja su abrigo en el perchero y se sienta en un banquito pegado a la pared, observando las formas que dibuja el sol sobre los patrones geométricos del suelo. Desde el salón del piano llega una melodía melancólica. Hay algo en esos arpegios arrastrados y torpes que le hace sentir exhausto de pronto, y se le hace un nudo en el estómago al pensar en la mirada de reproche que le espera cuando la señorita LaPlace compruebe que no se sabe la pieza, pero es que Chopin, y el calor que hace, y la primavera, y es que los mil deberes que le ponen cada día, y encima su padre, que siempre anda respirándole en el cogote, y “ya sé que es mucho, pero tienes que esforzarte Jakob, no se llega a ser el mejor sin trabajar, Jakob, sí, ya sé que la profe es un poco rara, pero hijo mío, nadie te va a ayudar a tocar el piano mejor que ella en toda la ciudad, ella estuvo en lo más alto y es un privilegio que acceda a darte clases”. Jakob no entiende muy bien qué implica eso de ser “la mejor”, pero al menos sabe que su padre no exagera.

Hace unos días encontró una vieja revista entre los trastos que su madre había puesto en bolsas para tirar. En la portada aparece una hermosa chica de cejas gruesas, labios finos, sedosa cola de caballo, piel de un blanco inmaculado y mirada penetrante. Unos ojos que parecen llamar a Jakob desde otro tiempo y otro lugar. Como una hipnosis. Desde que descubrió la foto entre las revistas viejas de sus padres, unos días atrás se ha quedado un rato cada noche contemplándolos, inmerso en ellos, sintiendo por todo el cuerpo un calor desconocido. Le cuesta creer que la mujer silenciosa, sobria y algo encorvada que le da clases de piano fuera en otra vida aquella joven resplandeciente. “Molly LaPlace. Con ustedes la Revolución”, clamaban en la portada unas letras floridas. Le parece lo más bonito que ha visto nunca. Esta será la primera clase que tiene con ella desde el descubrimiento, y las preguntas y sensaciones se le agolpan por el cuerpo. Aún así, piensa en todas las horas que la señorita tuvo que practicar y luchar y total, para qué, si ahora vive sola en un piso casi vacío y se rumorea que está medio en la ruina, y que nunca sale de casa, y algo allí dentro, a su alrededor, late con una energía oscura. Jakob siente el fiero impulso de salir corriendo del recibidor, pero justo entonces, la puerta del pasillo se abre tras él. Las seis en punto. Por la puerta sale cabizbaja una chica más o menos de su edad, vestida de oscuro y con la melena tapándole el rostro. Pasa junto a él como una exhalación, sin mirarle siquiera, como una brisa a destiempo. Recortada contra el marco de la puerta, falda de tubo, blusa clara y manos entrelazadas a la altura del pubis, su profesora. Su expresión, como siempre, la de una esfinge.
– Adelante, Jakob.

La habitación del piano, amplia, luminosa y desnuda. El centro en torno al cual se articula un Universo en tonos crema. Tres puertas marcan sus límites. Por una entran y salen los alumnos. La otra lleva, por un corto pasillo, a una sala de lectura y un austero lavabo. La tercera siempre está cerrada. Igual que las cortinas de algodón blanco que cubren el gran ventanal del fondo y nunca dejan ver ni ser visto más allá de los cristales. Una lámpara de pie, dos grandes librerías de caoba repletas de libros y un viejo secreter. En el centro de la sala, un piano de cola negro que tiene algo de Minotauro. De dragón aletargado. Jakob se acerca a él y casi puede sentirlo respirar. Deja su mochila a un lado y se sienta sobre el banco escarlata. En silencio, se estira para sacar las partituras de la mochila, y las coloca frente a él. Está nervioso. Los tacones de la señorita LaPlace provocan eco en el vacío de la sala, a medida que da la vuelta a su piano, en silencio, hasta situarse a su izquierda. Sus ojos lo atraviesan desde detrás de las gafas mientras deja a un lado su carpeta azul, en la que debe de guardar notas sobre todos los secretos del Cosmos.
– Está bien, Jakob. Chopin. Nocturno. ¿Te acuerdas?

El chico mira la partitura y traga saliva. Le tiemblan las manos y ante sus ojos aparece un galimatías. Le duele la tripa. Todo se precipita entonces. “¿Qué te pasa Jakob?¿Estás bien?”, pregunta la profesora. El chico asiente con un par de movimientos nerviosos, no demasiado convencido “¿Quieres que lo toque yo primero?¿Para refrescarte la memoria?”. Jakob asiente aliviado, sin mirarla en ningún momento. En un instante, ella se sienta graciosamente a su lado, deslizándose como un ensueño. Carraspea y se remanga la blusa apenas dos milímetros. “Pero si esta no es la partitura…”. Su voz suena un punto alterada. También los gestos al abrir la carpeta y sacar de ella un puñado de páginas. “Quita eso, anda”, ordena, señalando con la barbilla las hojas de Jakob, colocadas de cualquier manera en el atril. Al momento Jakob obedece, avergonzado. “Y a ver si te centras”.

Molly carraspea y suelta el aire. Sitúa las manos sobre las teclas, rozándolas apenas. Estira y recoge los largos dedos desnudos. Son de una delicadeza pálida y extraña. Vibran como animales que hubieran acordado quedarse a vivir junto a su dueña humana pero sólo por un rato, y sólo si son bien tratados. Y sin previo aviso allá que van. Nocturno, Opus 9. Número tres en Si mayor. Los dedos vuelan sobre las teclas. Se alzan y caen y reculan y bailan. La sala se llena de notas que escalan por las paredes, que llenan el aire, que huelen a fruta y sonrisas y mar en calma y al verano justo en el momento en que el sol se marcha tras las montañas. Se queda embobado observando los dedos brincar arriba y abajo y a izquierda y derecha, coordinándose a una velocidad que no parece humana. A veces, por las tardes, en lugar de hacer los deberes, Jakob mira vídeos por internet en los que hay gente haciendo cosas alucinantes con las manos. Resolviendo cubos de Rubik mientras juegan videojuegos. Haciendo trucos de cartas con varias barajas a la vez, dando vueltas al naipe en el aire como discos chinos. Levantando y deshaciendo torres de vasos de plástico a velocidades que el ojo no puede seguir. Pero lo que ahora se despliega ante él es otra cosa, algo mucho más bello e inexplicable. No es sólo técnica ni entrenamiento, ni ansia mecánica de competir. Es una puerta entreabierta hacia otros universos. Molly LaPlace. Con ustedes la Revoluc…

“Jakob. Eh, Jakob. Vuelve”.
Los dedos mágicos de Molly le chasquean a dos centímetros de la nariz.

– Perdón, perdón… señorita LaPlace.
– Hoy estás en otro sitio, Jakob- Jakob calla, avergonzado, lleno de sensaciones que no conoce y clava la mirada en un punto justo por encima de las teclas del piano. Apenas se atreve a levantar el índice de la mano izquierda y apoyarlo sobre una blanca-. Algo te pasa. ¿Es porque no has estudiado? No le diré nada a tus padres, no te preocup…
– ¿Es verdad que fue usted famosa?- suelta de pronto el chaval, virando la vista hacia los ojos de ella, con el rubor galopándole las mejillas.
– ¿De dónde has sacado esa idea?- pregunta Molly sin cambiar apenas la expresión.
– Mi padre me dijo que usted… que era la mejor pianista del país.
– La gente dice muchas tonterías- zanja ella, recolocando partituras que no hacía ninguna falta recolocar-. Venga, volvamos.

Jakob vuelve a estirarse hacia su mochila, y saca de ella el tesoro que guardaba en su interior. Molly se ve de pronto enfrentada con su propia imagen, porcelanosa y eterna, con una leve sombra de melocotón en los ojos y la piel suave como un despertar en domingo. Cuello de cisne blanco para alargar todavía más sus hombros y los huesos de su rostro. Una mirada orgullosa y confiada, que jamás volvería a asomar de nuevo a sus ojos.

La foto se tomó la mañana del diecinueve de diciembre de un año perdido en los abismos del tiempo. Al día siguiente, Molly debía subir a un avión al cual no tenía ganas de subir. Desde que le concedieran la beca Pierrot su vida había dado un vuelco. A partir del anuncio, meses agotadores de recitales, viajes, grabaciones y promoción. Antes de él, muchísimos años de dedicación casi exclusiva a su piano. Tanta retina quemada y propensión a la artrósis habían dado sus frutos y por fin, aunque fugazmente, logró sentirse más o menos satisfecha con ella misma. La fama fue de pronto un motor de explosión, que le llenaba el pecho veinticuatro horas con su agradable ronroneo. Esa sensación le acompañaba sobre todo cuando periodistas y aficionados espoleaban su vanidad. Por eso precisamente le inquietaba tanto volver a su casa. Por que a pesar de que su cara salía al fin en las revistas, y que llenaba anfiteatros, en su familia la fama no importaba tanto como el hecho de ser mujer, rozar los veintiséis y no tener intención alguna de parir.

Molly era la pequeña de cuatro hermanos, hijos de una familia más o menos acomodada progresista, que con el tiempo se reveló mucho más conservadora de lo que nadie hubiera esperado. Sobre todo cuando las dos hermanas fueron acercándose a la treintena, ese punto de la vida a partir del cual, por algún encantamiento, pareciera que las mujeres empiezan a entrar en barrena a no ser que cumplan con las funciones biológicas que el cuerpo social les asignó. ¿Con qué cara volvía entonces a una casa llena de churumbeles frescos y rechonchos, algunos recién hechos, sin pareja conocida, ni intención de tenerla? En su día a día, el asunto le daba lo mismo. Demasiados años de esfuerzo, competencia despiadada y soplapollas a los que hacer la pelota como para pensar en ninguna otra cosa, justo cuando estaba empezando a destacar. Pero una conversación con su madre bastaba para devastarla, para hacerla sentir diminuta. Su vida sentimental era mucho más importante que su talento, o sus portadas. El éxito en su familia era otra cosa. Salvo quizás para su padre, y para su hermano Geoff, que en muchos aspectos era un pijo rematado, y no tenía ni idea de música, pero siempre la apoyó mucho. Quizás también porque a él mismo sus propios hijos, Miranda y Lancelot, muchas veces le sobrepasaban.

Pero Molly no se amilanaba con facilidad. Cogió el avión, y luego dos taxis para llegar a la gran casa de campo de sus padres, y pasó el día de Navidad con su familia. Todos comieron y bebieron hasta hartarse. Ella más lo segundo que lo primero. Para cuando acabó la comida, se sentía liviana y alegre, fuera del cuerpo. Por eso seguramente se animó a jugar con los niños, cosa que solía hacer, mientras las mujeres hablaban de sus cosas en el salón y los hombres fumaban puros en la cocina. Se levantó de pronto, copa de champán en mano, y dijo algo como “niños, a esconderse”, y los chavales, cinco cuerpos revoltosos de diversas edades entre los tres y los ocho, rompieron a chillar en círculos y lanzaron las manitas al aire y pies que corretean, y risotadas nerviosas y algún porrazo contra el borde de un mueble y algún llanto y de nuevo a la carrera, “venga a esconderse”, les anima Geoff, y los niños se desvanecen envueltos en su propia estruendo y Molly les avisa: “cuando termine de tocar el piano, iré a buscaros. ¡Ay de quien no esté bien escondido!”. Y mientras escuchaba sus pasitos retumbar en los amplios espacios de esa gran casa vieja de madera y piedra, se reía por lo bajo, llena de sí misma, imaginándose como una de esas tías solteras que llevan grandes sombreros y fuman un porrito de vez en cuando y coquetean con hombres mucho más jóvenes que ellas. Le sentó bien representar ese papel por unos minutos, y fantaseó con la posibilidad de que todo eso de los niños en realidad no fuera tan difícil.

Después de servirse otra copa, se sentó al piano y comprobó con satisfacción que su padre lo había mantenido afinado. Presionó algunas teclas, breves arpegios, sin saber qué tocar, y al mismo tiempo, por el rabillo del ojo izquierdo, vio como Amanda se escondía detrás de un sillón, soltando una risita. Unas pocas notas más, y la melodía despegó. Tuvo de pronto la sensación de que sus manos desprendían niebla. El paisaje nevado de fuera invadía su cuerpo. La música se volvió autónoma. Los dedos se posaban sobre las notas sin que ella tomara decisiones. Una melodía desconocida fue tomando forma a su alrededor, y ella sólo podía escuchar, sentir, convertirse en recipiente. ¿De dónde provenían aquellos sonidos?¿Dónde había escuchado antes esos fraseos imperiosos?¿Esas harmonías simples que parecían contener multitudes? En los últimos meses había escuchado mucho a los románticos alemanes, pero aquello era otra cosa. Un fuego le ardía dentro, corrientes eléctricas bajaban por su garganta y sus brazos, directas hacia los dedos. Notó la boca seca. A su espalda, las conversaciones se habían apagado, amortiguadas por aquella música lenta y triste, pero arrebatada. Latía en su interior la euforia de mil canciones. Se dijo a sí misma que tenía que recordar aquello, y con una última nota, brillante y sostenida, terminó la pieza. Respiró profundo y alegremente avisó “¡Ya estoy!”. Cuando se dio la vuelta, su madre dormitaba, su hermana Barbara ojeaba una revista. El silencio pesaba. Algo en el aire parecía distinto, pero era difícil apuntar el qué. “Listos o no, ¡allá voy!”. Y desde detrás del sillón, una risita infantil, muy leve. Casi un espejismo del estribo, un eco. De puntillas, se fue acercando al asiento hasta que, de un salto, se encaramó al respaldo con un gruñido de juguete en la garganta, esperando que Miranda saliera corriendo entre risotadas y ella pudiera perseguirla y la tarde siguiera según lo planeado. No fue así. Detrás del sillón no había nadie.

La extrañeza primera dio paso a la angustia cuando, una vez acabado el juego, y descubiertos todos los escondites, Miranda no apareció. Las madres se levantaron entonces del sofá, los hombres dejaron de fumar. Se abrieron armarios, cajones, puertas y ventanas. Se levantaron colchas y toallas. Se la llamó a gritos. No hubo manera. Fue como si la casa o alguna doblez del tiempo se la hubieran tragado. Desde aquel día de escarcha, nada se supo de ella.

“Sabes, nunca fui muy buena con los niños. Nunca supe bien qué hacer con ellos. Me decían que si no tenía ganas de tener uno, y yo no sabía qué decir. No era aprensión lo que sentía, no me caían antipáticos. Eran más bien… Como alienígenas. Tú ya eres casi un hombrecito, pero con tres, cuatro, cinco años. Para mí esos bichos están hechos de un material diferente al del resto de humanos. Tienen sus propios códigos, sus manías, están locos. Y lo que siempre me sorprendió es lo fácil que parece para los demás relacionarse con ellos. Para mí bien podrían haber sido de otra especie animal. Pero Miranda… Miranda me gustaba”.

– ¿Quién es Miranda?- pregunta Jakob, a quien la mirada perdida y los gestos erráticos de su profesora están empezando a inquietar. Desde que le ha enseñado la revista, su expresión es otra. Ahora su voz suena ronca, a lija, vigilia y ceniceros.
– ¿Estoy hablando en voz alta?
– Sí…
– ¿Qué he dicho?
– No mucho, algo de unos niños.
– Bueh, lo mismo da…- dice poniendo los ojos en blanco y haciendo un gesto vago con la mano izquierda. La otra descansa, inerte, sobre su falda, como un animal herido-. Anda Jakob, sé bueno y tráeme esa botella que hay sobre el mueble…- Jakob mira alternativamente al rostro transfigurado de su profesora, y a los escasos muebles de la habitación. Una botella de un líquido ambarino ha aparecido sobre el secreter. A su lado, un vaso bajo. Se levanta, confuso, va a por ellos, y vuelve a su sitio-. Gracias, cariño. Y ahora si no te importa, haz el favor de largarte. Por hoy hemos acabado. Y llévate la revista contigo.

Jakob cierra la puerta tras de sí con el corazón asomándole por la garganta, convencido de haber hecho algo terrible pero sin saber qué. Baja por las escaleras dando tumbos, la mochila rebotándole contra la espalda, disparada hacia todos lados. En el estómago una bola de sentimientos contradictorios. No se lo ha dicho a sí mismo todavía, pero no quiere tocar nunca más el piano. Le gusta Bach, pero prefiere el aire libre. Y le da miedo la señorita LaPlace. Miedo y pena. Qué distinto se siente ahora a cuando entró en la casa. Con gran alivio abre la puerta de ese pasillo encantado que es el portal, y sale a la paz tibia de la tarde.

Molly permanece unos minutos casi inmóvil, sintiendo el peso de los años sobre los hombros, el burbujeo de viejas sensaciones en la boca del estómago. Desde aquellos ojos de niña desafiante ha transcurrido una vida entera. Los años han pasado sin que nadie lo pidiera, con la facilidad con la que uno se corta las uñas o pide comida en un restaurante. Los días y los recuerdos se fueron desvaneciendo. Lo vivido se volvió poco a poco inconsistente, gaseoso, y en esa levedad, Molly encontró refugio. Suerte para ella. Desde la desaparición de Miranda, el mundo entero se puso boca abajo. Los primeros años no fueron fáciles, pero la soledad y el whisky los hicieron más llevaderos. Sin ellos, quizás hubiera enloquecido. Durante mucho tiempo, vivió aplastada por la culpa, y apenas podía mirar a su familia, a Geoff, a la cara. Nadie la señaló jamás, ¿cómo podrían?¿Con qué pruebas? Pero ella misma no podía perdonarse. Algo inusual pasó en aquel salón cuando puso las manos en el piano familiar. Que no pudiera explicarlo no lo hacía menos real. El relámpago negro que acompañó su música no provenía de ningún lugar conocido. Y quizás estuviera actuando como una especie de portal hacia ese otro lugar. Pero no podía decírselo a nadie, ni a sí misma, sin que pensaran que se había vuelto loca. Y por tanto Molly se fue encerrando más y más en ella misma. Sus apariciones públicas se hicieron cada vez más espaciadas. Perdió las becas y patrocinios y contratos discográficos. Apenas le importó.

Pasaba día y noche elaborando intrincadas hipótesis sobre el paradero real de Miranda. Sobre lo que pudo pasar aquella tarde de navidad. Que se había escabullido por detrás de algún mueble y se había quedado atrapada. Que sin querer cayó por alguna de las ventanas bajas o trampillas de las que aquella casa, vieja y hecha a retazos, iba sobrada. Que se escapó en medio de la tormenta de nieve porque algo terrible ocurría en su casa, y aquella era su única oportunidad para poner tierra de por medio. Ninguna teoría ha llegado nunca a satisfacerle.

Traga un segundo vaso de whisky solo. Se pregunta si realmente tocó alguna vez aquella melodía seductora y venenosa. Su mente ha pasado tantos años rechazándola, luchando por enterrarla en lo más profundo del inconsciente, que sólo de pensarla le da escalofríos. Hasta hoy, creía haberla olvidado ¿O no? Sus manos se mueven de nuevo, movidas por el poder de atracción del abismo. Se ordena el moño con un gesto reflejo y solo entonces tantea las primeras notas. Venga, dale, Molly. ¿Qué es lo peor que puede pasar? No se atreve. “Lo peor que puede pasar es que a mí también se me trague la nada”.

Tercer vaso bien cargado. El líquido se le escapa por los lados de la boca, le mancha la blusa. Cierra entonces los ojos y se deja llevar. Se abre al dolor, por primera vez en años. Tímidamente al principio. Prosigue la canción. Recuerda. Vaya si recuerda. Las compuertas se abren y la música avanza, lenta y solemne. Varias notas poderosas repican al unísono. Molly vuelve a tener veintitantos, vuelve al salón familiar, vuelve al momento en que su vida se partió en dos. Un salón que podría ser cualquiera. Que es también su propia sala del piano, años después.

La música trepa por las cortinas de algodón, atraviesa las paredes y los patios interiores, sube hasta las azoteas, se enreda con las antenas de televisión y baila con las palomas. Baja entonces a toda velocidad por las fachadas y toma la calle en espirales de fuego y tristeza. Dobla una esquina y otra y otra y pasa entre los coches y se sube a aullar desde lo alto de semáforos y farolas. Una esquina más y allí está Jakob, a punto de llegar a su casa, con el alivio momentáneo en el rostro pero la intuición en la tripa de que esa noche no tendrá los mejores sueños de su vida. La canción está a a punto de terminar y Molly se inclina sobre el teclado, los dedos acariciando notas menores, el moño ahora sí torcido sobre el cogote, la misma pena inconsolable que sintió entonces subiéndole de nuevo por el pecho. “¿Dónde estás, Amanda?” se pregunta mientras presiona con cariño las últimas notas, que llenan con su tintineo la habitación cada vez más grande, cada vez más vacía.

Jakob cruza la calle, sólo unos pocos metros le separan de su portal. Cuando llegue a casa hará los deberes y piensa tirar la maldita revista a la basura.
Sólo una nota más. El dedo índice suspendido en el aire.
Su casa ya mismo, al doblar la esquina.
El dedo cae. Jakob ya no está.
La tarde tibia. La habitación cada vez más grande, cada vez más vacía.

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