Breve Historia del Capitalismo (IV)

1991

“Me podría volver a explicar qué es lo que pasó?”, dijo el agente Melvin mientras se le consumía un cigarrillo entre los dedos. Era una tarde turbia de noviembre, un día cualquiera de aquella confusa época del año en que todas las ciudades, y también sus ciudadanos, viran al marrón y al gris. El agente fumaba sin parar, balanceando nerviosamente el peso de su cuerpo dentro de la gabardina, mientras a sus pies Otzi intentaba recuperarse bajo la manta que los servicios de urgencia le habían puesto por encima. Ninguno de los dos deseaba estar allí, iluminados de forma muy poco halagadora por los fluorescentes del supermercado, el viento de primera hora de la noche golpeando los semáforos y las marquesinas. “No lo vi venir”, era todo lo que el joven había sido capaz de murmurar hasta el momento, desde el incidente. Al cabo de un rato largo, y fruto de la insistencia de Melvin (también gracias al efecto del té caliente que alguna mano gentil le había acercado), consiguió relajarse lo suficiente como para hablar:

“Agente, se lo juro, no lo vi venir. No sé muy bien cómo, ni qué pasó. Sólo sé que, en un abrir y cerrar de ojos, aquella abuela se lanzó sobre la señora que tenía delante. Más de setenta años tendría. Estaba allí, con el bastón en la mano, quieta, encogida sobre sí misma, como si nada, y de repente algo raro pasa, y la vieja salta sobre la que tiene delante… Hacía unos veinte minutos que esperábamos en la cola, y había problemas con las cajas, y algún abuelo se había empeñado en contar todas las monedas que estaba a punto de dar a la cajera. Alguna queja se escuchó, claro, pero nada fuera de lo normal. Ahora cosas así son más o menos habituales, sobre todo tan cerca de Año Nuevo. Ahora, quiero decir desde que tenemos supermercados en este lado. Lo cierto es que sí que noté que había cierta tensión, en el ambiente, era todo un poco extraño, pero no quise darle más importancia… Soy un tipo tranquilo yo, agente, se lo juro. Pero entonces pasó algo, algo raro, ya le digo. Y fue como si la composición del aire cambiara, o yo que sé. Ya partir de ese momento ya no soy capaz de recordar nada más con claridad, la verdad… Vi carretillas que volaban, personas que se zurraban unos a otros con barras de pan y pollos congelados, y luego ese tipo… Oh, por Dios, y vi a un hombre que le arrancaba los ojos a otro con una de esas cucharillas redondeadas que se utilizan para el helado… Una tipa de unos cuarenta que metía la mano de una chavala en la picadora de la carnicería. Gente que vaciaba las cajas registradoras, y sacaba de ellas billetes a manos llenas, que se arrancaba la ropa del cuerpo y corría medio desnuda por el pasillo de los lácteos, cajas de naranjas, latas, bricks de zumo, de tomate, todo por tierra… gente que hundía cabezas ajenas contra las góndolas, otros que mordían brazos y tiraban langostas y pulpos vivos a la cara de sus vecinos, gente que aullaba a cuatro patas y en cueros a las luces del pasillo de los congelados… Agente, se haría cruces… Yo mismo me hago… No me lo creo aún.”, musitaba Otzi sin dejar de balancear la cabeza de un lado a otro. “Nunca había visto nada igual en esta zona de Berlín. No sé qué es lo que pasará al otro lado, o en otras ciudades, pero aquí… Había muchos nervios, agente. Antes de que todo se pusiera del revés. El ambiente era tenso y las colas no se movían, agente, pero… hostiaputa. La gente… Ahora que lo pienso, parecía que se controlaban los unos a los otros. Que estaban ansiosos y no iban a permitir que nada les impidiera hacer sus compras, como si tuvieran miedo de que se acabara la comida en el mundo entero y ellos no pudieran comerse su guiso de Navidad y eso fuera lo peor que les hubiera pasado nunca. Exactamente, como si todo a su alrededor fuera una amenaza. Últimamente, agente, con todos los cambios que han habido, da miedo salir a la calle. No sé si es consciente. Es un miedo que flota en el aire. Muy diferente al miedo que sentíamos antes, nuevo, hecho de otros materiales. No sé cómo explicarlo. Pero esto… Quizás haya sido ese miedo el que lo haya hecho saltar todo por los aires”.

Durante un instante, Melvin se quedó observando los ojos vidriosos y perdidos de Otzi, un fardo magro bajo la manta, pálido y asustado, el gorro de lana calado hasta las cejas, los ojos hundidos, los párpados hinchados, la respiración rota. Anotó algunos datos en su libreta de mano antes de dar un par de instrucciones a los chicos de las ambulancias, que no tardaron en llevarse de allí al único testigo vivo del noveno incidente del mes relacionado con grandes superficies de alimentación en la parte este de la ciudad.

Acto seguido, Melvin se acabó el segundo paquete del día. Lo estrujó con una mano impotente mientras observaba los restos calcinados del pequeño incendio que había tenido lugar en la panadería de la entrada del establecimiento, y el cadáver de la panadera, con la cabeza todavía metida en el horno. “Qué alguien saque a esa pobre señora de allí”, indicó a uno de sus subordinados. El agente dio media vuelta pensando en cómo haría el día siguiente para silenciar los rumores de la prensa. También le dio por pensar en cuán práctico era el comer en la cantina de la comisaría, tal y como solía hacer. No valía la pena morir de aquella forma tan horrible sólo por querer comprar unas miserables pechugas de pollo.

 

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