Destellos de plata (en fase R.E.M.)

A principios de 2021, la existencia de DreamCorp era poco más que una especie de rumor. Primero fue un simple logo atractivo que corría de un lado a otro por las UltraRedes, por las pantallas táctiles y las Lentes Aumentadas e incluso pudo verse en algún programa de PantaVisión en horarios de máxima audiencia. En aquellos días, todo era ruido y dígitos conectados de forma dudosa. El principal misterio entonces no era sólo la existencia o no existencia de tal corporación (la realidad y la ficción se encontraban ya tan estrechamente ligadas en el imaginario social, y las grandes corporaciones dominaban hasta tal punto el imaginario colectivo que DreamCorp podría haber sido o no sido cualquier cosa y nadie se hubiera escandalizado), sino sobre todo sus objetivos finales en el caso de existir.

Tuvieron que transcurrir unos meses más hasta que las primeras informaciones veraces tomaron forma. DreamCorp resultó ser una de las múltiples y ubicuas filiales de Ømnium Inc., empresa transnacional de enorme peso económico y político, que extendía sus tentáculos sobre prácticamente todas las industrias habidas y por haber. Un mastodonte abotargado y voraz que formaba parte, en mayor o menos medida, de la existencia de casi todo ciudadano del globo. Su área de especialización resultaba llamativa: en este caso sería el mundo de los sueños. Y por sueños nos referimos a los que la mayor parte de los seres humanos tienen al dormir, aunque por la mañana no los recuerden.

Cuando finalmente DreamCorp vio la luz, empezó a funcionar a pleno rendimiento, rodeada de una potente campaña mediática, letras en brillante plata, neones y alegría en los mercados. Su primer, único y revolucionario era el chip Oniria. Un artilugio que se vendió de saque como un salto cualitativo en lo tocante a la experiencia humana. Como la campaña de márketing había sido diseñada al milímetro, y conjuraba la fuerza de un trillón de dólares en anuncios y compra de periodistas, el producto fue por lo general bien recibido. Había sin embargo, voces discrepantes, en las Redes y sobre todo en la calle: “¿un chip para controlar los sueños? No me lo creo”, decían algunos. Otros auguraban un estrepitoso fracaso del invento, ya que “nadie en su sano juicio dejaría que le manipulasen los sueños”, por muy bonitos o agradables que estos vayan a ser.

Estas voces escépticas estaban muy lejos de tener razón. En seis meses el chip Oniria, se había extendido como un virus por los mercados de tres continentes y había generado numerosas copias de dudosa calidad que se distribuían y aplicaban en el Mercado Negro. En un año, Oneirama, la plataforma desde la que descargar, comentar, remezclar y compartir tus sueños, contaba con 450 millones de usuarios felices cuyas noches habían sido efectivamente intervenidas por una demoledora maquinaria de hacer dinero. La gente pagaba por ello, y parecía en general (salvo los típicos aguafiestas: grupos de defensa al consumidor, abogados por los derechos digitales, comandos de cyborgs anticapitalistas que llamaban al boicot, y algún que otro caso de rechazo físico al chip) encantada.

La cosa funcionó como la seda durante al menos un par de años. Pero como pasa con todo truco de ilusionismo, la magia no podía durar para siempre. Las primeras reacciones de usuarios en contra del aparato tardaron lo suyo en llegar, pero lo hicieron. La principal anomalía que muchos clientes habían ido observando, de forma sutil al principio, y con severas molestias llegado un punto, era que sus sueños no encajaban con lo que un sueño de-toda-la-vida debía ser. Todo en ellos era brillante y colorido, resultaba demasiado lógico, agradable, ajeno, frío, poco humano. Y sobre todas las quejas, destacaba el asunto de la publicidad. Al principio era difícil darse cuenta a ciencia cierta, ya que el material de los sueños es tremendamente resbaladizo, pero con el tiempo se hizo demasiado obvio, y cuando se paraba uno a pensar, se daba cuenta de que casi bastaba con cerrar los ojos para ver anuncios por todas partes, y que no acababa de ser normal despertar de la siesta con una súbita necesidad de comprar zapatos que uno no iba a poderse permitir en la vida, o el último modelo de exprimidor de naranjas del mercado.

Además, derivado de la obsesión de DreamCorp por la felicidad onírica perpetua, acabó surgiendo otro problema, éste de orden neurológico: si los sueños intervenidos iban a ser una fiesta sin fin ¿qué pasaba con los malos sueños, los que en principio nadie quería tener?¿dónde iban las pesadillas una vez habíamos hackeado el cerebro para que el chute de dopamina fuera eterno?¿qué se hacía de todo lo oscuro que vive agazapado en nuestra psique? Aún hoy, y después de décadas de estudio, todavía no hemos llegado a determinar la exacta función del sueño en las vidas humanas, pero numerosos estudios afirman que los malos sueños, especialmente aquellos relacionados con experiencias desagradables de la vida diaria, funcionarían como una herramienta útil del inconsciente para entender y aceptar aquello que escapa a la razón cotidiana. Así, al no poder procesar según qué situaciones traumáticas, muchos usuarios del Oniria habrían empezado a desarrollar comportamientos erráticos, ansiedad, síntomas de depresión, miedos nuevos y no motivados por ningún hecho específico, fatiga, sensaciones de aislamiento y en los casos más graves incluso trastornos bipolares, ataques de pánico, brotes psicóticos, síndrome de Amok, o suicidio.

No fue hasta 2025, a medida que los fallos y peligros del sistema se hicieron más y más patentes y se convirtieron en una amenaza a nivel global, que las autoridades del Mundo Libre© se vieron obligadas a tomar cartas en el asunto. A regañadientes, después de meses de tremenda controversia mediática (hordas de expertos a sueldo de Ømnium se empeñaron en comunicar por tierra, mar y aire que el invento no representaba ningún peligro), y de haber conseguido una indemnización milmillonaria por parte de los gobiernos del mundo a cuenta de los contribuyentes, los chips fueron paulatinamente retirados del mercado y (en principio) los que ya habían sido implantados se desactivaron.

Hoy, cuatro años después, parece que todo a vuelto a una cierta normalidad, y el sueño se ha destapado de nuevo como fascinante territorio virgen. Las fantasías incómodas vuelven a poblar las horas frías de la madrugada en delicado equilibrio con los buenos momentos. Se han creado grupos de terapia para tratar las adicciones y trastornos derivados del abuso del chip, e incluso grupos que algunos calificarían como sectas, o cultos, que hacen proselitismo por conservar la “pureza de la mente que duerme”. Oniria parece formar parte de un extraño pasado, algo sacado, precisamente, de un mal sueño. Pero para los que nos dedicamos a velar por el descanso del pueblo, relajarse sigue sin ser una opción.

Sabemos hoy que el enemigo neuronal nunca descansa, que los efectos de Oniria fueron para muchos devastadores y todavía se dejan sentir, y que siempre, desde cualquier punto de la geografía, tal vez desde un búnker secreto a cincuenta metros bajo la superficie, en un piso franco de un gueto, o un refugio de montaña, alguien con los medios suficientes, seguramente esté planeando cualquier nuevo ataque masivo a nuestras ya de por sí debilitadas estructuras mentales. Conservar su integridad debería ser hoy nuestra única y más importante lucha.

Así, desde aquí me gustaría recomendarles que no bajen la guardia. Y pedirles por favor que si perciben movimientos raros en cualquier momento de su fase REM, no duden en acudir a nosotros. Estamos siempre despiertos, para que ustedes puedan dormir como lo hicieron en los vientres de sus madres.

Atentamente,
Paul Joseph von Spinoza
Comandante en Jefe de las Brigadas SON

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