Cuánto amor le debo a nuestro lider

“Una última cosa, ¿Disfruta usted del sexo?”, preguntó el hombre del traje gris en un tono monocorde que tenía textura de pared de hospital. La piel alrededor de sus finos labios de reptil pareció contraerse un segundo en forma de algo que quizás fuera una sonrisa. “¿Cómo?”, preguntó Jozef, descolocado de pronto, casi escupiendo el té insípido e hirviente que estaba intentando tragar. El del traje le miró por encima de sus gafas de leer de gruesa montura, elevando a la vez las cejas en un movimiento que provocó una arruga en su frente despejada. El resto de la cabeza lo cubría una cortina de pelos escasos, aunque bien peinados hacia un lado. Una especie de fino plumón que parecía no haber conocido nunca tiempos mejores, como si aquella criatura nunca hubiera podido desarrollar más pelo porque su genética no lo permitía. “Que si disfruta usted del sexo. Del coito y todo lo demás”, “Ya, ya le entiendo”, musitó, sin saber apenas qué decir. Traje golpeteó un par de veces con su estilográfica sobre la carpeta que aguantaba en la mano, y en un instante recondujo su enfoque. Parecía algo molesto por la incompetencia de su entrevistado. “Según esta ficha está usted casado. Su mujer se llama Françoise y conserva su apellido de soltera. Siendo esta la primera reunión, me gustaría saber si disfruta usted del sexo con ella en la medida adecuada. Compréndalo, todo lo referente a sus funciones glandulares y su producción de endorfinas es fundamental para comprender el contexto de su Nivel Intermedio de Satisfacción. Sobre todo en estas fases tempranas del proceso”.

Durante una fracción de segundo, Jozef pensó en su madre. Antes que en cualquiera de sus exparejas. Antes que en las rutinas sexuales algo tibias que mantenía desde hacía años con Françoise. Antes que en su homosexualidad casi siempre latente (excepto aquella vez, aquel verano, aquel chaval moreno de la costa). Pensó en su padre también. En la manera metódica en que se afeitaba su barba inexistente cada mañana. En cómo jamás les vio establecer contacto físico con su mujer, ni apenas con nadie. Visualizó a sus padres sentados a la mesa del comedor mal iluminado, él sentado en el extremo bueno de la mesa, el que quedaba más cerca del radiador, y ella sorbiendo sopa a su lado, en silencio. El segundo siguiente se dibujó ante él un mundo siempre abocado al abismo del amor y vigilado veinticuatro horas por el ojo omnipresente del Poder. Tragó saliva al comprender de pronto, como en un fogonazo que le partió en dos la cabeza, que nunca había comprendido las razones del Estado para controlar la vida íntima de sus ciudadanos. Que llevaba toda la vida asumiendo esquemas legales y éticos que no eran los suyos, como por ejemplo, aquellos por los qué había dejado entrar a aquel hombre siniestro a instalarse en su casa y hacerle preguntas incómodas. Llevaba incrustada en su psique la idea de que así debía hacerse con los empleados del Ministerio. A los Consultores del Bienestar Personal no se les cuestionaba. Porque querían lo mejor para nosotros.

Volvió a mirar a Traje después de un largo recorrido ocular por los muebles y complementos de su repleto salón comedor (decorado a conciencia por Françoise según un cierto orden arcano y muy meticuloso que Jozef era incapaz de descifrar) y se le ocurrió que ninguna de las respuestas que pudiera dar cambiaría en nada la reacción del Consultor. Musitó un “Sí” con voz queda, de microondas vacío. “Pues bien, por ahora eso es todo”, repuso el otro, poniendo el tapón a la pluma y plegando las gafas de leer con economía de gestos. “Todavía no he tenido ocasión de conocer a su mujer, pero seguro que será adorable”, afirmó Traje con el pecho hinchado de obligaciones cumplidas y cada tendón del cuerpo transmitiendo autorrealización, mientras ordenaba sus papeles y los guardaba en un discreto maletín negro imitación piel. “A partir de ahora”, continuó, impasible “toda su actividad íntima será debidamente monitorizada”. Su rostro era amorfo en el sentido de que era difícil reconocer en él ninguna expresión humana sincera. Los cierres del maletín sonaron como huesos al partirse. “No se sienta cohibido, piense que ante todo”, dijo mientras se levantaba, cuarenta minutos después de haber invadido el apartamento, dispuesto por fin a marcharse, “desde el Ministerio siempre estamos preocupados por su Felicidad. Piénsenos como de su familia”. Traje puso una mano blanquísima y huesuda sobre el hombro de Jozef, y apretó ligeramente su carne temblorosa por encima de la camisa. “Volveremos a vernos, señor Delort”, dijo haciendo una pausa, de pie, muy cerca el uno del otro. “Mientras tanto, disfrute de la vida. Que dura poco y se escapa tal que así”. Chasqueó los dedos y salió por la puerta del salón.

Jozef tendría durante semanas la sensación de que aquel hombre nunca estuvo allí, junto a la impresión de que jamás llegó a marcharse. El sexo con Françoise nunca había sido tan bueno, sin embargo, como lo fue a partir del día en que asumió que un gran ojo condenatorio los estaría observando hasta el día en que alguno de los dos muriera.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s