Breve Historia del Capitalismo (III)

1947

En aquella montaña hacía un frío de mil demonios. Sobre todo si uno tenía en cuenta que abril acababa de asomar sus orejas en el calendario. Por suerte, en aquel hotel no faltaba de nada, y abundaban los salones alfombrados, repletos de muebles de maderas nobles, donde poder disfrutar de un brandy de primera al calor de la lumbre. Esto le ayudó a sentirse un poco mejor, después del largo viaje. Una travesía complicada que comenzó con un escueto mensaje del Murmullo, recibido a través de la espesa red de contactos clandestinos a la que él y sus compañeros habían ido dando forma durante décadas de resistencia antifacista. Así fue como Víctor Montagut, con pasaporte comercial falso, había llegado a Ginebra primero, y después subido a un tren en dirección a Montreaux, en los Alpes Suizos. No era fácil moverse por una Europa repleta de barricadas, confidentes, traidores y ruinas, que aún se recuperaba de la segunda Gran Guerra, pero Víctor hacía tiempo que había perdido al miedo a casi todo. Sus principios morales y el asco impenitente que sentía hacia los ejércitos del capitalismo siempre habían sido más fuertes que cualquier amenaza.

Desde Montreaux, un coche lo trasladó montaña arriba hasta Mont-Pelerin, donde debía tener lugar la convención. Su intención era la de poder instalarse un par de días antes de que llegaran los participantes, para poder reconocer el terreno, trazar planes de fuga, y en la medida de lo posible confraternizar con la concurrencia, evitando así posibles sospechas. Sin embargo, las dificultades del camino le impidieron llegar al Hotel Du Parc el 8 de abril, como le hubiera gustado, y cuando sus pies atravesaron la puerta de aquel reducto de montaña lujoso a la par que discreto, el día 9 casi tocaba a su fin. Sólo unas horas después por allí empezaría a desfilar lo mejor del pensamiento ultraliberal de Occidente, con la intención de reunirse y debatir sobre el futuro del Universo con la arrogancia que siempre les había caracterizado. Todo ello a petición del archienemigo de Víctor: Mr. Friedrich August Von Hayek. Lo odiaba con toda la fuerza de sus tripas a pesar de que sólo había visto al tipejo una vez en una fotografía de escasa calidad. La estuvo observando un rato y la imagen le causó un asco profundo, y fue entonces cuando dedujo que un espíritu podrido sólo podía procurarse una fisonomía triste. Un revolucionario nunca sería tan feo, gris, y ridículo.

Un rato antes había dejado sus escasas pertenencias en una habitación cercana a los jardines traseros y ahora daba vueltas a aquella foto en su cabeza mientras el fuego de una gran chimenea la acariciaba de arriba abajo, sentado en uno de los salones más regios del lugar. En su mano izquierda mecía una copa de brandy y se relamía imaginando espléndidas escenas de violencia. Deseaba que nadie lo despertara de aquel estado en que se había sumergido hasta el día siguiente, cuando toda aquella escoria aristocrática, excrementos subhumanos pagados de sí mismos, recibiría por fin su merecido. Ya sólo quedaban unas horas para encender la mecha de las cargas explosivas que sus compañeros habían ubicado justo debajo del Salón Imperial, punto de reunión de los objetivos principales, y hacerlos saltar por los aires. Mientras tanto, poder saborear de aquella copa fragante que le quemaba los labios, y descansar los músculos exhaustos después de tantos años de penurias y de renuncias, le parecía un regalo de la vida más que merecido.

Víctor siempre había sido un ejemplo por sus compañeros. Genio y figura en la lucha de los anarquistas europeos y amante legendario de mil mujeres y unos cuantos hombres. Después de las grandes esperanzas y victorias de las últimas décadas del XIX y principios del XX, el anarquismo se encontraba entonces en una situación delicada. Bajas importantes, errores de peso, descrédito generalizado. Sólo habían pasado unos cuantos años desde que los faros de esperanza que supusieron las fugaces victorias en España y sobre todo Catalunya (oh, gloriosa Barcelona) habían dejado de brillar, y sido arrasados, y desde que él mismo, que había destacado como joven guerrillero en numerosas acometidas contra el fascismo, hubiera tenido que huir por piernas de su hogar y pasado a la clandestinidad y al nomadismo. Afortunadamente, no creía en las fronteras, y por tanto no le molestaba ser apátrida. Por otra parte, las redes de apoyo mutuo y las ansias libertarias resistieron en todo el Continente, e incluso en algunos lugares siguieron creciendo. Esta era su naturaleza: crecer siempre como la hiedra en todas partes, visibles o invisibles. La vida que insiste en colarse siempre a través de las grietas. En circunstancias tan difíciles, de desánimo y confusión, se decidió colectivamente que había que hacer un gesto. El Murmullo, el más poderoso comando de la Resistencia internacional, optó por delegar al mejor de sus hombres la tarea de dar un puñetazo sobre la mesa. Un movimiento con la fuerza suficiente para cambiarlo todo.

“¿Le molesta que le acompañe?”, preguntó una voz cerca de él. Una voz de educado animal, que parecía provenir de algún lugar lejano, ajeno al tiempo y a la luz del sol. Víctor salió de un brinco su letargo y enseguida se dio cuenta de que el cielo más allá de las ventanas ya era negro como el tizón. Una vez sus ojos pudieron habituarse a la penumbra, se percató de que a su alrededor, el salón estaba prácticamente vacío, iluminado tenuemente por las llamas. Parpadeó un par de veces y su cuerpo se tensó de arriba a abajo, preparándose como un escorpión a punto de lanzar un ataque. No estaba acostumbrado a relajarse y de golpe recordó por qué: a escasos dos metros de él se había aparecido un hombre que le resultaba repugnantemente familiar. Lo conocía bien, aunque no personalmente. Bigote ralo, ojos pequeños tras cristales de montura fina; nariz fina de abrecartas. Una frente de gran amplitud, el pelo en claro retroceso. Llevaba un atuendo sencillo, pero de buen género. Victor se aclaró la voz y respondió un “Sí, por supuesto” en su mejor inglés, tratando de esconder su acento mediterráneo y los nervios repentinos fruto de haberse visto acorralado en tan pequeño espacio con el mismo Diablo. Con un amable recorrido de la mano, señaló el sofá de al lado. Su mente hacía cálculos a un ritmo frenético. Según sus informes, en aquellos momentos Von Hayek debía haber estado, aproximadamente, en los alrededores de Berna. No de pie a su lado.

“Hace frío, ¿verdad? No se imagina las ganas que tenía de sentarme un rato a la lumbre”. Von Hayek, sentado ya en el sofá junto al sillón de Victor, hablaba un inglés precario con un deje germánico nasal en los momentos en que tocaba decir la erre. Su rostro parecía congelado en un rictus que parecía querer imitar una sonrisa, los labios tensos, comisuras estirando en una y otra dirección como si dolieran. Víctor asintió con la cabeza. ¿Qué más podía hacer? “Disculpe, no quería importunarle, veo que mi presencia le ha estorbado”, se disculpó Hayek inclinando la cabeza levemente en un gesto de preocupación que pareció genuino. “Oh, de ninguna manera, de verdad. Estoy con usted al cien por cien. Hace un frío tremendo… ¿Le apetece una copa?”, dijo Víctor desplegando todas sus artes diplomáticas. Su enjuto némesis levantó la palma de la mano en gesto negativo. Percibió Victor entonces los dedos alargados, los huesos casi a la vista. “No bebo, gracias. Pero sí que me gustaría saber el nombre de mi interlocutor”. “Sí, disculpe mi mala educación. Saúl. Morgenrot”. “Yo soy Friedrich. Qué bien lo he encontrado, Saúl. No hay nada que me guste más que una buena conversación después de un largo viaje”. “Viene de muy lejos?” “De París, de una conferencia de economistas. Rutina. Por suerte, ya estoy aquí para ocuparme de asuntos más importantes”, dijo golpeteando distraídamente el brazo del sofá con los dedos de la mano izquierda. “Por casualidad no debe estar aquí para el encuentro, usted?”, preguntó Hayek, que de pronto parecía incapaz de disimular su excitación. “¿El encuentro?”, fingió Victor desplegando todas sus dotes actorales. “Una reunión informal entre amigos, para debatir cuestiones que nos inquietan”. “¿Como por ejemplo?” “Oh, Dinero, política… Qué hacer ahora que se ha acabado la guerra”, respondió Hayek haciendo un gesto vago con la mano. Sus extremidades parecían tener una extraña vida propia. “Ah, bien interesante”, concluyó Victor aparentando desinterés. Un momento de silencio, y luego: “¿Y a qué se dedica usted?”, preguntó Hayek. Su voz parecía también transformarse con el transcurso de la conversación. “¿Yo? Yo soy viajante. Vendo productos de lujo. Alimentación, sobre todo. Las mejores marcas”. “Caramba, qué casualidad. Pues déjeme decirle, señor Morgenrot, que algunas de nuestras ideas quizás le parecerían estimulantes para su negocio. Tiene el aspecto de ser un hombre joven despierto y con empuje”. “Normalmente, sí, así es. Pero estos días he venido sólo a descansar. Por supuesto, me encantará charlar con usted sobre alguna de esas ideas si encuentra algún otro rato libre”, sonrió Víctor, poniendo una máscara de complacencia a la aguda inquietud que estaba empezando a crecerle en el centro del estómago. “No es necesario que se moleste”, cortó Hayek entonces. Su voz cambió de nuevo, haciéndose más áspera, casi de reptil prehistórico y un brillo nuevo y malvado despertó en sus ojos. Victor tragó saliva, desconcertado.

“No creo que tengamos nada que decirnos, ¿verdad Víctor?”

Un relámpago recorrió la espalda del anarquista. La expresión de Hayek se había transformado en una máscara maligna pero irresistible. Víctor ni siquiera tuvo tiempo de coger el cuchillo que llevaba atado en el gemelo y rebanarle el pescuezo a aquel maldito eunuco de las Tinieblas. Sin ni siquiera darse cuenta, había quedado sometido a la influencia del Gran Maestro y perdido su voluntad propia. De pronto Hayek parecía haber crecido hasta el punto de ocupar el espacio entero del salón. La luz que proyectaba el fuego la iluminaba sólo a él ya sus ojos color rubí, agujeros negros, rebosantes de chispas y quasares. “Víctor, ven y siéntate a mi lado”, dijo el hombre mientras palpaba suavemente el cojín que yacía a su derecha, en el hueco libre del sofá de terciopelo color sangre. El Mundo entero se había teñido de carmesí. “Acércate que todo irá bien. Tu lucha ha llegado a su fin. Ya hace tiempo que terminó. Y ya es hora de que lo aceptes, y descanses. Y te unas a nosotros”.

Y Víctor no supo decir que no. Se le habían olvidado las palabras. Su mente le había sido arrebatada por la seducción de aquellos ojos inmortales, y por la voz, el gesto, la luz, “¿Quien soy y qué hago aquí? Y qué importa?”, batallaba su alma consigo misma., se levant´Victor Montagut se levantó entonces de su sillón, volcando al hacerlo su copa de brandy, y un par de pasos después Saúl Morgenrot, futuro premio Nobel de Economía, se sentó al lado del Gran Maestro, y apenas reaccionó cuando la débil mueca que había sido hasta entonces la boca de Hayek terminó por desplegarse completamente para exhibir, por fin, un par de gloriosos colmillos afilados y blanquísimos, que rasgaron el aire como el más mortífero de los picahielos.

 

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