Si ves la doble sombra (y 2)

Querido Hugo, tenemos que irnos por una temporada. Por favor, no nos busques, estaremos bien. Sólo te pido que sigas mis instrucciones. Ve a la antigua casa de las lomas. La llave está bajo el madero suelto, en el porche. En la caja fuerte del sótano, encontrarás un maletín plateado. Ya sabes la combinación. Quiero que te lo lleves lejos. Que lo destruyas y esparzas los restos. Y nunca le digas a nadie, ni a mí mismo, dónde fuiste ni que ese maletín ni esta nota existieron alguna vez. Si alguien pregunta, esto nunca ha pasado. Confío en ti y en tu discreción, Hugo, amigo. Con mi vida. Has sido durante años como un hermano. Te queremos y te llevamos en nuestros pensamientos.

Kurt no pensaba quedarse solo en un mundo sin Etta, perseguido siempre por otros o por sí mismo, y sólo era cuestión de tiempo que preparase su propio Tránsito. Y tan bien funcionaba su máquina que nunca llegaría a saber de su propio éxito. Porque él ya no era él, sino otra persona. Con su mismo nombre, su mismo rostro, su misma cadencia al andar, pero otra historia a las espaldas y otro futuro por delante. Primero fue un pasillo de luz y luego el vértigo brutal. Los tejidos y órganos y mucosas del cuerpo estirándose hasta alcanzar medidas cósmicas. Y entonces la extrañeza de despertar de un largo sueño, profundo y denso como el petróleo, en una cama que nunca había sido suya, y a la vez era la misma estupenda cama de matrimonio, tan cómoda, que había comprado a un precio de risa un par de años atrás en un negocio que estaba a punto de cerrar. La compró pensando en Marla y en lo bien que dormirían juntos en ella. Pero para entonces su matrimonio ya estaba más que roto. Miró su reloj de mesa y vio que marcaba las cuatro y treinta y dos de la madrugada. Resoplando, se dio la vuelta en la cama fría y demasiado grande, e intentó conciliar el sueño. Otra puta noche sin dormir. Y al día siguiente cogía un avión.

Al cerrar la portezuela del taxi tras de sí, Kurt casi podía saborear la ginebra sola, con un toque de lima, que pediría en el bar de la zona VIP. Sería la más cara que tuvieran, como siempre. La paladearía, deleitándose en el aroma del cítrico y el frescor del hielo, como siempre saboreaba su soledad mientras miraba los aviones despegar. Un desayuno perfecto y nutritivo. A veces la gente le miraba raro al verle trasegar copazos de buena mañana. Pero a él le daba igual. Era un buen trabajador, capaz, con madera de líder. O lo había sido, en los buenos tiempos. Es cierto que las cosas habían estado un poco apagadas los últimos meses. Pero aún cerraba tratos de vez en cuando y, salvo por las opiniones de dos o tres gilipollas sobre su vestir cada vez más descuidado, la barriga cada vez más difícil de disimular y a que se estaba quedando peligrosamente calvo, seguía siendo bien valorado en la potente consultora financiera para la que trabajaba. Más que suficiente para ir tirando, y para poder permitirse una de las ginebras más caras del mercado de tanto en cuanto. O un par o tres.

Con gesto decidido entró por las puertas giratorias en aquel aeropuerto mastodóntico que se había convertido con los años en algo parecido a un apéndice de su casa. Aquella mañana, sin embargo, algo en la atmósfera le resultó de nuevo ajeno, extraño. Le ocurría desde hacía un par de semanas, quizás más. Como si fuera la primera vez que veía aquellos mostradores, el trajín de la mañana, flujos de información y ritmo frenético. Como si estuviera viéndose a sí mismo desde cierta distancia. Culpaba de sus pálpitos y visiones a la falta de sueño, a que bebía mucho, a que no hacía suficiente ejercicio y estaba estresado por el trabajo o a la chorrada de turno de aquel día, y mientras caminaba hacia los controles de equipajes, luchó por sacudirse la suciedad del espíritu. Sintió entonces un calambre de satisfacción al prever el agujero negro en el que podría desvanecerse poco después, cuando estuviera a diez mil metros de altura rasgando el tapiz del mundo hasta arriba de alcohol.
Al llegar a la puerta de embarque, se preguntó si seguiría dentro de un mal sueño.
Le habían cancelado el vuelo.

Unas horas después, empezaba a ver doble. No había querido volver a casa, y a su avión, según los paneles, todavía le quedaban un par de horas para despegar. Había aplazado sus reuniones al día siguiente. Su jefe había rezongado como de costumbre, pero qué más daba. A él le parecía un plan estupendo pasar allí las horas, acodado en aquella barra, y no pensar en el vacío que le esperaba al volver a casa. “Que se joda mi casa”, pensó, o quizás habló en voz alta. “No necesito a nadie”, solía decirse. Lo cierto era que vivía a través de controles de seguridad, y en los aeropuertos es difícil amar realmente. Hay en ellos algo que nubla la conciencia. Una sensación de simulacro. Son espacios robados por el vacío al universo. Aquel pensamiento le reconfortaba. Los aeropuertos eran sinónimo de olvido, y el olvido una máquina caníbal. Todo el mundo era antesala de otra cosa, y la memoria quedaba desterrada. Por suerte.

Aún así…

Se le cerraban los ojos. Tras los párpados, alguien que no era él hacía cábalas sobre los últimos pensamientos de una persona a la que había querido con una intensidad devastadora. Los últimos segundos de conciencia de una mujer de ojos verdes y sonrisa expansiva. La había visto en otros sueños, en noches recientes. No del todo, más bien una sombra fugaz. Pero siempre ella. Una palabra resonaba a lo lejos, en lo más profundo de la memoria del desconocido. “¿Estoy soñando?¿Me he vuelto a quedar dormido? Debería empezar a descansar por las noches, y quizás de verdad beber menos… Marla siempre me decía que había clínicas para eso. Pero yo no le hacía ni puto caso.” Kurt se vio rastreando sus recuerdos en busca de su ex-mujer, de su melena rubia y sus dientes separados y sus ojos oscuros, en busca de imágenes que le permitieran contestar a ciencia cierta si la seguía queriendo, si la recordaba acaso. Pero ante él se dibujaban una y otra vez los rasgos nebulosos de otra mujer a la cual veía a través de cristales de esmeril, en forma de fragmentos. Alguien la llamaba desde la oscuridad, como si quisiera preservar un nombre que estaba empezando poco a poco a borrarse del mapa del mundo. La palabra se escuchaba cada vez más cerca. Un agujero por el que caer.
Etta. Etta. Etta.

– ¿Cómo estás, Etta?- dijo una voz, muy cerca.
– No me puedo quejar- respondió alguien desde el otro lado de la niebla.
El sistema nervioso de Kurt se activó de pronto. Tenía los ojos cerrados y la mente flotando. Conocía esa voz. Poco a poco abrió los ojos. La camarera hablaba con otra persona.
– Tienes cara de cansada. ¿Te vas ya para casa?- continuó.
– Pues no lo creo, tengo que cubrir unas horas de Aldo- la voz conocida iba asociada a una cara que le resultaba extrañamente familiar. Una mujer de ojos verdes, labios carnosos, cabello oscuro y mejillas sonrosadas, vestida con un uniforme que no acababa de encajar con ella. La mujer se aflojó el pañuelo amarillo brillante que llevaba atado al cuello.
– Pues ánimo. ¿Qué te pongo?
– Un café solo, por favor. ¿Cómo estás tú?
– Pues aquí, cariño- dijo la camarera con resignación, acercándose a su interlocutora por encima de la barra-. Aguantando a estos estirados como cada día…
– Va, no gruñas, Lourdes, que no es para tanto. Yo me paso las horas haciendo check-ins y facturando equipajes como un robot. Ya me gustaría a mi poder charlar de vez en cuando con alguno de estos hombretones, ¿eh?- preguntó burlona, guiñando un ojo. Sabía perfectamente que a Lourdes le gustaban las mujeres, pero le gustaba hacerle ese tipo de bromas blancas.
– Venga ya Etta, qué cosas tienes- respondió impostando una breve carcajada, mientras volvía a repasar con un trapo los vasos limpios.
Kurt estaba ya despierto, aunque confuso. Algo dentro de su mollera estaba jugando con él. Sentía la boca muy seca, pero tenía que hablar.
– ¿Perdone, no querría molestarla pero cómo ha dicho que se llama usted?
– … Etta- vaciló ella, frunciendo el ceño- ¿Por qué?
– ¿Te conozco?
– No lo creo- respondió tajante, apartando la mirada.
– Estoy seguro de que te he visto en alguna parte.
– Trabajo aquí, para Global Wings-dijo ella, incómoda, señalándose el bordado que decoraba su americana-. Seguro que le sueno de la zona de embarques.
– ¿Trabajas aquí?-el rostro de Kurt resultaba indescifrable. El ceño fruncido y los ojos entornados no devolvían impresiones claras. O devolvían todas al mismo tiempo.
– Sí, eso le he dicho. Y disculpe, pero no le conozco. Le agradecería que no me tutease.
-Oh, lo siento, claro. Perdone.
Kurt calló, tímido de pronto, y volvió al fondo de su vaso vacío. Un silencio tenso se hizo entre los dos.
Aún así…
– No quería ser brusca, disculpe- concedió Etta, en voz baja, sin mirarle.
– No se preocupe. La he molestado.
– Este lugar puede ser algo hostil a veces.
– ¿Usted cree? a mí me relaja.
– Si tuviera que estar aquí cada día, llegaría a odiarlo.
Se hizo un breve silencio de nuevo. A Etta le había chocado su descaro, pero lo cierto era que algo en aquel hombre, en la forma de sus manos, en la línea del pelo, en su estructura robusta, le había resultado familiar desde el principio. ¿Quizás de verlo por el aeropuerto?
– Oh, vengo muchísimo. Por trabajo también.
– ¿A qué se dedica?
– Consultoría financiera.
– Suena serio. ¿Le gusta?
– Paga bien las facturas. ¿Y a usted? Su trabajo.
– Lo mismo. Y no es incómodo. Puedo quedarme a dormir en el hotel que hay anexo al aeropuerto. Y Lourdes hace un expreso estupendo. Pero… Supongo que preferiría estar en otra parte.
Se sintió extraña. Le daba la sensación de que a aquel desconocido podía hablarle de cualquier cosa. Porque ya estaba acostumbrada a hacerlo. Porque él sabía escucharla y llevaba años haciéndolo. Calló entonces de nuevo y miró a la barra.
– Intuyo que no es a lo que pensaba dedicarse- Kurt quería tirar del hilo de aquella conversación. Le siguió el juego-. ¿Qué querría hacer?
– Me gusta pintar. Estudié para ser artista- señaló, con un deje de sarcasmo.
– Pero de eso es difícil vivir, ¿no?- apuntó Kurt, comprensivo.
– Eso dicen. Yo nunca lo intenté siquiera.
– Yo siempre pienso que vivir no es fácil, haga uno lo que haga- señaló él, mirándola, con una amplia sonrisa. Etta no sabía qué decir.
Acto seguido, el hombre pidió otra copa. Lourdes la sirvió y él la apuró de un trago.
– Perdona Etta, a lo mejor te parece una locura, pero tengo que contarte algo…
– Dime.
– Antes de que llegaras, estaba soñando contigo. No yo exactamente. Alguien que se llama como yo. Ese hombre soñaba, y en sueños estaba buscando a una mujer como tú.
– No sé si lo entiendo… – A Etta el corazón le daba brincos, aunque trataba de disimularlo-. ¿Cómo estabas seguro de que era yo?
– La mujer tenía tus rasgos, o parecidos. En el sueño veía un rostro, desenfocado. Pero ahora que te veo, sé que eras tú. Y la voz que la llamaba era la mía. Pero como si la estuviera escuchando pronunciada por otra garganta. Como si fueran nuestros gemelos que se buscaban a tientas en la oscuridad.
– Suena angustioso- dijo ella, tragando saliva, la vista fija en los posos del café.
– Lo era. Y no es la primera vez que tengo estos sueños.

Etta apenas podía hablar, porque lo que le contaba aquel chiflado, aquel borracho, tenía sentido para ella. Imágenes extrañas, vívidas, difusas. Una voz llamándola en medio de la oscuridad, de madrugada. Buscar a tientas a un hombre de rasgos indefinidos pero que, ahora que le había visto, parecían los de Kurt. Etta no entendía. En sus días de soledad y arte podía tener su lado esotérico, pero aquello superaba su umbral de tolerancia. Aquellos sueños eran reales de una manera que era incapaz de describir. Había intentado pintar alguna de aquellas imágenes y atmósferas, pero no había sido capaz. Y cada mañana, despertar con una idea recurrente en la cabeza… Mientras se hundía en sus pensamientos, Kurt se había ido acercando a ella.
– Pero ahora que te veo, ya no siento angustia- le dijo con ojos brillantes.
Entonces tocó su mano por encima de la barra. La boca de la mujer se secó de golpe, las orejas se le inflamaron. A Kurt se le humedecieron los ojos. Esos dos cuerpos ya se conocían. Parecían llevar una eternidad buscándose.

Apenas diez minutos después, estaban revolcándose entre las sábanas demasiado almidonadas de una habitación cualquiera del hotel del aeropuerto. No les sorprendió comprobar que sus cuerpos se acoplaban a la perfección. Ambos ardían, con la sensación de estar siendo controlados por fuerzas que les superaban. La extrañeza de sentirse un títere, algo manejado por un dominio externo al que no podían resistirse, ni ganas. Una furia salvaje en cada centímetro de piel, cada mordisco, cada roce. Disfrutar de una forma que va más allá de las palabras y que nunca antes habían experimentado. Derramados el uno en el otro sin separación alguna entre los cuerpos. Olvidándose a través de agujeros de gusano. Cayendo.

– Seguimos dentro de un sueño- murmuró Etta una vez el ritmo de su respiración volvió a la normalidad. Estaba sentada, la espalda apoyada en el cabecero, los grandes pechos al aire y el pelo revuelto, tratando de procesar lo que acababa de ocurrir-. Aquí estás, y es como si te hubiera invocado o algo así. Qué estupidez. Es muy extraño, porque llevo días pensando en esa leyenda, quizás la conoces…
– ¿Cuál? – contestó Kurt con lentitud, tumbado boca abajo, exhausto, como si el fenomenal orgasmo le hubiera consumido.
– Eso que dicen de que todos tenemos un doble en alguna parte del mundo- dijo Etta, muy seria de pronto-. Una sombra, que es casi idéntica a nosotros, salvo quizás en algunos detalles. Quizás es un poco más torpe que nosotros, o se mueve de otra manera. O se ríe como si no supiera qué es reírse. Y que es mejor que no nos lo encontremos.
– Por qué.
– Diría–continuó, en voz cada vez más baja-que ver esa especie de doble sombra es mal augurio. Un anuncio de la muerte. Lo leí en alguna parte, hace años. Pero no sé ni qué digo.
– Pues yo ahora lo cierto es que pienso en cualquier cosa excepto en la muerte- dijo él, con una risita, apartando aquellas ideas sombrías con una mano, mientras la otra jugueteaba con el vello púbico de Etta.
Entonces alguien golpeó la puerta.

En el pasillo, un hombre le llamaba. “Señor Schneider, ¿puede abrirnos?”, preguntó la voz, en un tono que se pretendía cordial, pero no lo era para nada. Ella se cubrió con las sábanas. Él levantó la cabeza de un respingo, y quedó allí pasmado, desnudo sobre la cama.
– Señor Schneider, abra- el tono de la voz ya era otro, más apremiante.
– ¿Quién anda ahí?- tenía miedo. Se levantó de la cama, tropezó al ponerse los calzoncillos y se quedó muy quieto, de pie, tiritando de pronto.
– Abra, somos la policía. Tenemos que hacerle unas preguntas- respondió la voz en un tono que sonaba falso de lejos, pero que no admitía réplica.
– No tengo nada que ver con la policía- respondió él, sacando valor de algún rincón profundo de su ser. La voz al otro lado de la puerta calló un momento. En la pausa, Kurt y Etta se miraron, tensos. Cuando la voz volvió a hablar, algo en su tono había cambiado.
– Sabemos que estás ahí, y quién te acompaña. Y tenemos vuestra máquina. Tu amigo Hugo fue muy amable con nosotros.
Entonces el pánico golpea el entrecejo de Kurt, que se siente de goma. Un torrente de recuerdos de algo que él nunca ha vivido invade su mente con la fuerza de un ejército de otros tiempos cargando contra el enemigo. La agonía de Etta, la nota de Hugo. Un amor absolutamente fuera de control. La confianza hecha pedazos. Está paralizado, le falta el aire.
– ¿Quienes son? – pregunta Etta, que en ese momento ya ha salido de la cama y se está vistiendo a toda prisa. La voz le flojea- ¿De qué está hablando, Kurt?¡Kurt!
– Vamos Kurt, no tenemos todo el día. Despídete otra vez de tu zorrita. Sabes cómo acaba esto.

Kurt lo sabe. Algo ha hecho clic en su cabeza. Aterrado, visualiza sus sesos y los de Etta desparramados por la moqueta del hotel. El fin de la amenaza que supone un conocimiento que hasta hace unos días ignoraba atesorar. Ideas que parecen ir más allá de un solo cuerpo físico y reproducirse en el tiempo y el espacio a través de cuerpos ajenos. Todos distintos y todos iguales. El implacable enemigo que nunca se detiene hasta conseguir lo que quiere, en toda dimensión imaginable.

Etta llora y balbucea y le dice que quiere salir de allí, que qué está pasando. Kurt cubre la distancia que les separa en un par de zancadas enérgicas y la aprieta contra él. Ella tiembla pero en realidad ya sabe lo que pasa. Una voz en el fondo de su cabeza lleva días advirtiéndole. Al mirar los ojos de Kurt, que resplandecen con un brillo extraño, a escasos centímetros de los suyos, las piezas encajan. Los sueños, los delirios. Las memorias ajenas. Y sabe que si se acerca ahora mismo al maletín del hombre, y lo abre, encontrará una pistola plateada. Sabe que al verla ahogará un grito, pero que con manos cautas y algo temblorosas la levantará y sopesará. Así que hace eso mismo mientras Kurt, retomando de pronto el control de sí mismo, se acerca en ropa interior hasta la puerta y pega la oreja al aglomerado. Etta no recuerda haber estado nunca cerca de arma alguna. Ni siquiera de juguete. Y sin embargo, la pistola se siente sólida en su mano y le llena de una terrible sensación de poder que se abre paso a dentelladas a través del pánico. Respirando hondo, se acerca paso a paso hacia la puerta, con el cañón de la pistola en alto. “Siguen ahí, oigo su respiración venenosa”, piensa Kurt, sin saber exactamente quién son ellos. “Los malos siempre ganan”, solía decir Etta, en otra vida, en otro lugar. “Pero el amor nunca muere”, respondía Kurt para sí, sin decir nada. Si los malos quieren ganar, que vengan. Las van a pasar putas, por nuestros muertos. “No pienso dejarla ir de nuevo”.

“¿Señor Schneider, está usted ahí?”
Kurt se yergue y mira a Etta, la mujer que amó, que ama. Ambos asienten. Un grito de guerra a punto de escapar de la garganta.

Y la puerta se abre.

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