Si ves la doble sombra (1)

“Tiene que haber otra forma” susurró Kurt. Su voz sonó sofocada, como lo haría la de cualquiera después de un par de tranquilizantes. Después también del escaso sueño, el mucho whisky de las noches anteriores, bebido a solas, mientras masticaba los minutos. Una voz aplastada por el peso de la obligación. “No tendrías que haberte tomado esas pastillas”, apuntó Etta desde los pies de la cama, sin mirarle, desatándose los zapatos negros con toda la calma del mundo.

Hablar costaba. Las sílabas recorrían pastosas el camino desde el confín de los labios hasta el oído del otro, atravesando el aire ámbar, denso y de olor amargo. “Otra forma…”, musitaba él, vestido con su traje gris marengo de los jueves, que resaltaba sus poderosos hombros. Etta, vestida con un dos piezas púrpura, acorde con su impecable estilo habitual, levantó la vista. “No hay ninguna otra forma, cariño…”, repuso suavemente, apartándose el pelo de la cara. Sus palabras sonaron serenas y lapidarias, como certezas inevitables. Aún así, entre la primera afirmación y la siguiente hubo una breve pausa, un considerar si en realidad lo que estaba diciendo era cierto o sólo una media verdad que se habían estado contando el tiempo suficiente. Acto seguido, levantó lentamente el brazo hacia el hombre que permanecía, desmadejado y roto, de pie a unos metros de ella. Verle así le rompía el alma, y a la vez le sacaba de quicio. “Ven, anda”.

Si durante aquellos segundos fugaces alguien hubiera podido acceder a sus ficheros mentales, tal vez hubiera encontrado alguna pista sobre tiempos pasados, muy distintos al aquí y ahora. Rastros de lugares y momentos durante los cuales Henrietta solía reír y beber y fumar y comer tres veces al día y hacer el amor a menudo y estudiar los secretos del universo. Todo ello junto a aquel hombre robusto, que ahora apenas podía arrastrar la punta de sus zapatos de boda por la moqueta como si fuera un gólem torpe. Apenas sentarse poco a poco en la cama a su lado, mientras ella trataba de confortarle con un fugaz e insuficiente apretón en el hombro. Una vida muy difícil de rastrear en los rasgos ya cansados, envejecidos de pronto, de esas dos personas que aguardaban y se movían en silencio, danzando alrededor de un maletín de aluminio gris perla, que descansaba también en la cama, despidiendo un leve halo de amenaza, destacando en el centro de aquella miserable habitación. Por un momento, Etta se preguntó si no deberían haber elegido un hotel un poco más digno para el Tránsito. Pero su lado racional, siempre alerta, le decía que era mejor no levantar sospechas. Una nunca sabía quién estaría observando, pendiente de ellos, de su invento. Y una siempre se debía a su razón.
“¿Quieres que lo prepare yo?”, preguntó, mirando a Kurt, que respiraba como un animal herido. “No, déjame a mí”, zanjó él, severo, mirando al frente. “Quiero hacerlo”.

Mientras abría los cierres del maletín e iba sacando de él piezas y cables, trataba de recomponerse. Raras veces se permitía bajar la guardia frente a nadie, ni siquiera frente a ella. Aquella noche precisamente no podía ser la excepción. De cualquier modo, hiciera lo que hiciera Etta interpretaba sus facciones y sus gestos como un mapa. No le hacía falta más que observar cualquier ademán minúsculo para saber lo que ocurría en lo más profundo de su mente. Daba casi miedo. Ella por su parte estaba intentando recordar la última vez que vio a Kurt mostrar cualquier tipo de emoción. “Tiene sentido”, razonó con deje clínico, mientras se deshacía de su chaqueta y se arremangaba la blusa color hueso. “Hace meses que me preparo para esto. En teoría, él también. Pero quizás sus tripas no se lo acababan de creer. El tío tozudo”. Esto es real, Kurt, vaya si lo es. Mi cuerpo lo sabe. Tú lo sabes. Y eres un hombre de ciencia, joder. Pensar con las tripas, el muy estúpido.
Otra posibilidad: que como ella no era de llorar, él estuviera a punto de hacerlo por sustitución.  La situación le provocaba cierto disgusto difícil de describir. Hubiera preferido escuchar a su pareja soltar alguna de sus típicas bromas de humor negrísimo, poner entre los hechos y él un muro de sarcasmo. Antes de empezar su último viaje, o tal vez el primero, le hubiera gustado verle actuar como el arrogante y deslenguado genio que siempre había sido. Pero no. Al ver como caían las defensas de aquel hombretón de calva reluciente y manos de acero y espaldas anchas, Etta bullía de rabia. Sus ojos verdes relampagueaban, cercados por las ojeras. Tentada estuvo de levantarse para agarrarle de las solapas y soltarle un par de guantazos. Pero en cambio, juntó los párpados y respiró profundo. Estaba débil y contra la fuerza física de Kurt no había nada que hacer. Así que lo despreció en silencio, con un desdén que guardaba en su interior todo el afecto del mundo.

Kurt se estaba haciendo un lío con los cables. Tenía claro que en aquel momento Etta le quería un poco menos. Eran más de 12 años de convivencia y estaba familiarizado con su carácter fiero, ese que vibraba en sus gestos, en los labios gruesos y jugosos, pintados de rojo para la ocasión, que contrastaban con la palidez verdosa de su piel. Tomando aire por la nariz, acabó de sacar los parches y las agujas del maletín, y con un gesto indicó a Etta que debía tumbarse. Pero ella se le había adelantado y su cabeza reposaba ya sobre la almohada, el cuerpo estirado encima de la tibia e impersonal colcha de una cama que no era la suya. Kurt encendió la máquina, que cobró vida con un zumbido de neón, como un animal electrónico al despertarse. Cada vez que se activaba, no podía evitar un latigazo de orgullo al comprobar lo bien diseñado que estaba su invento. Esta vez, sin embargo, trataba de controlar el temblor de manos. “Por el amor de Dios, Kurt, cálmate”, resopló Etta. “¿Cómo puedes ser así?”, susurró él mientras pulsaba la secuencia de botones que dejaría la máquina lista. “¿Así cómo?”, dijo ella, incorporándose de nuevo. “¡Así!, tumbada aquí tan tranquila mientras esperas a…” Kurt se contuvo. Ni siquiera podía acabar la frase. Los ojos de Etta vagaron por el cuarto en penumbra y acabaron posándose en un viejo radiador que goteaba. Inspiro y expiró. “Kurt…”, siguió, más calmada. “Sabemos qué hay que hacer. Hay cosas que ni siquiera nosotros podemos burlar”. “Pero… ¿Y si no funciona?”, “Sabes que funciona. No es la primera vez”. “La primera con un humano. Y los tests…”. “Los tests nada”, le cortó Etta, mirándole con dureza. Sentía el odio trepar por su garganta como una bestia cornuda, babeante, y desparramarse más allá de su boca como un perro con rabia. Y no quería odiarle. No era justo. Pero: “Yo no pedí este cáncer. Yo no quise que esto pasara”. A sus ojos, de pronto asomaron las lágrimas. De rabia, de impotencia, de pena. Su tono de voz bajó un par de octavas. “Podríamos haber estado juntos siempre… Pero no puede ser. Ya lo hemos hablado, Kurt. La máquina está lista. Esta es mi única oportunidad”. Kurt la miraba, intenso, como si la misma fuerza de su mirada fuera a dar marcha atrás a los relojes. Etta hizo una pausa, se recompuso el vestido y se volvió a recostar en la cama. “Así que por favor, no hagas esto más difícil”.

Etta…

“Aprieta ese botón, y déjame marchar”.
Kurt prosiguió con la operación de mala gana. Con cuidado fue colocando los electrodos sobre la piel de su mujer. Finalmente, introdujo el catéter en su mano derecha, con un rápido pinchazo. Mientras hacía todo esto, Etta volvió a la impavidez. Kurt no podía dejar de admirar su determinación, la que le había guiado a través de los momentos más duros y desesperantes de sus experimentos mientras diseñaban la forma en la que sería posible trasladar conciencias a través de los cuerpos, cuál sería la mejor manera de doblar las dimensiones y trasladarse a través del Multiverso. Los labios de su mujer permanecían rígidos, apretados, rojos como el corazón del mundo. Sus ojos, clavados en una grieta del techo como si fuera una brecha en el tejido mismo del espacio-tiempo. Kurt terminó de conectar los cables y se acercó al interruptor de la pared, para dejar la habitación a oscuras. La luz azulada y magenta de los neones de la calle teñía la escena y desdibujaba los contornos. El aire olía a electricidad, un lejano aroma a pelo quemado y óxido y nubes de tormenta. Ya casi.

El ciclo estaba a punto de cerrarse. La niebla y la estática les engullirían. Los años en que trabajaron juntos. Días eternos de esfuerzo y amor y desastres que los dos asumieron con dedicación implacable, sin saber en ningún momento si algún día tendrían éxito. O qué sería de ellos en caso de tenerlo. A qué riesgos, amenazas y nuevas preguntas se verían expuestos. “Los malos siempre ganan”, solía decir Etta, fatalista. Y aún así, cada día probaba, erraba, trabajaba hasta dejarse los párpados y las neuronas. Etta era una gran mujer. Para Kurt, la única mujer. La perspectiva de su desaparición era demasiado insoportable, pues significaba la desaparición del mundo entero. Pero aún peor era la incertidumbre de no saber qué sería de ella una vez el motor cuántico empezara a girar.
La máquina emitió una serie de pitidos agudos. Kurt se encaramó torpemente en la cama y estiró la mano hasta posarla en la de su mujer. La respiración de Etta empezaba a escapársele del pecho. Ojos cerrados, perfil de cadáver. “Irán a por ti, Kurt. No les dejes ganar”, susurró ella al aire pastoso de la habitación, por el que las ondas apenas podían ya desplazarse. “Te quiero”.

Estas fueron sus últimas palabras. O al menos las que Kurt creyó escuchar entre los chasquidos de la danza atómica, mientras los portales se abrían de par en par con un resplandor de nácar. Por un segundo se preguntó si aquel amor, profundo, complejo, atravesado por las mil lanzas del cariño y las rencillas y el rencor, sería capaz de sobrevivir a un salto dimensional. Si lo que sentía latiendo en su estómago al pensar en Etta podría sobrevivirles. La lengua de pronto le supo a sangre.  “Yo también, mi vida. Allá donde te vayas”.

Cuando volvió a abrir los ojos, bajo su mano ya no había nada.

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