Isla Gomera

Estoy de pie en la oscuridad de la cocina. La noche es pegajosa, y reverbera a mi alrededor. Sobre las paredes y techos van resbalando las luces y las sombras. Algún que otro coche se desliza sobre la calzada, ahí fuera, y el brillo de sus faros se mezcla con el perezoso resplandor de las farolas. Una hora incierta, bien entrada la madrugada, noche de pleno verano. A lo lejos se escucha el soniquete de una televisión que tal vez nadie esté viendo. Los minutos gotean, muertos de calor, y mientras yo remojo galletas de dos en dos en un vaso a rebosar de leche, y las engullo sin apenas masticar. Tengo los dedos pringosos de leche, saliva y pedazos de galleta, y no puedo parar. Saco un nuevo par del paquete, mojo, introduzco en la boca, trago, sin apenas pensar en lo que estoy haciendo. Sé que zampar así no es bueno, pero de alguna manera he de matar esta ansiedad que me corre por el cuerpo. Es de una naturaleza nueva para mí. Pensaba que ya estaba acostumbrado a un cierto grado de angustia, a un perpetuo malestar latente, una especie de picor en la base del paladar con el que se puede vivir, aunque moleste. Pero esto es nuevo. Mis sentidos no responden igual que otras veces a lo que sea que esté pasando en mi interior. Ahora hace calor, y duermo mal, y doy vueltas por este piso que a ratos me resulta ajeno, ni siquiera un lugar habitable, sino una nave espacial a la deriva o un búnker en el que guarecerse de alguna plaga que tarde o temprano acabará con todos los seres vivos de la Tierra. Los brillos ambarinos de la calle sigue humedeciendo cada superficie, mutando, vibrando como llamas LED. Y yo cierro los ojos, remojo galletas, me meto los dedos en la boca empujando la pasta dulce hasta la garganta. Se me llenan los sentidos de bálsamo empalagoso. Bajo la pesadez que ya empiezo a notar en la base del estómago, siento oleada tras oleada de un miedo atroz.

Los que aprecian el género saben que el verdadero terror, el que te hiela de verdad la sangre, emerge en el momento terrible en el que tus expectativas de normalidad saltan por los aires. Se condensa y destila en ese instante en el que, al entrar de noche en el cuarto de baño completamente a oscuras, mientras buscas a tientas el interruptor, contemplas por un segundo la posibilidad de palpar una mano desconocida posada sobre éste. O que, al encender la luz, la estancia que esperas encontrar haya sido sustituida por cualquier otra. Es aterrador pensar que lo que llamas realidad puede cambiar por completo con solo doblar una esquina o abrir la puerta equivocada. Que si te despistas un segundo perderás la referencia de lo que es vital para ti. Pensar que cuando mires al rostro de la persona que más quieres no verás en él más que los rasgos de un extraño que amenaza con destruir tu existencia. El terror de verdad no sucede en el momento en el que ves al monstruo, sino un segundo antes. Cuaja en la anticipación. No en la figura que se dibuja en el marco de la puerta, sino en los instantes en que el marco de la puerta está vacío, y tú lo mantienes en tu campo periférico de visión mientras la cabeza se te llena de posibilidades terribles. “¿Qué pasaría si…?”. La revelación final de Lo Otro puede causar un impacto, pero la angustia que genera el no saber si uno estará preparado para lo que viene… Esa es la que puede hacer que te vuelvas loco. En estas noches asfixiantes y confusas, cada rincón de esta casa tiembla de anticipación.

Hace poco que nos mudamos. Una vivienda sencilla, un poco cara para lo que es, un apartamento en el que dos personas cabemos sin demasiado lujo. Aunque no hay mucho que explorar, todavía no acabo de reconocer del todo las estancias, me estoy acostumbrando como puedo a nuevos tamaños y formas, a geometrías desconocidas. Cada vez que entro en un cuarto me siento como si lo pisara por primera vez. Como colono en tierra incógnita o un astronauta drogado. Hasta el más mínimo detalle parece esconder secretos, traer sorpresas. El color vivo de las paredes, las cajas sin abrir, los libros esparcidos en desorden, los artículos de baño y de cocina, las plantas del salón, exuberantes. Me pone de los nervios. El aire pesa igual que mi conciencia, y estos días no trabajo y paso muchas horas sin hacer nada, vagando por el pasillo y las habitaciones como alma en pena, esperando a que vuelvas de la oficina, tratando de captar alguna corriente de aire que me libere de este verano asfixiante como una manta, y de los bucles de la inactividad. Las noches son aún peores, más tupidas, más calientes. Todo palpita en la oscuridad. Y yo me despierto cada dos o tres horas, presa de un ciclo infame, y tú estás ahí durmiendo, enredada entre las sábanas empapadas gruñendo suavemente, y me da lástima porque no eres consciente de lo que me está pasando y yo tampoco lo entiendo demasiado bien. Por qué cada noche me asomo a un abismo, mojada la frente y reseca la boca, desorientado.

Me acerco dando tumbos hasta la cocina, y tú ni te inmutas, tan cansada de tu día de trabajo que ninguna ola de calor hará que te despiertes. Pequeño centro del mundo, quién pudiera dormir tan tranquilo como tú. Abro la nevera y me dejo bañar por la luz y el frescor, y por un momento me siento mejor. Echo mano al brick y después trasteo por los armarios en busca de algo que llevarme a la boca. Palpo bizcochos, cruasanes de chocolate, magdalenas. No tengo ni idea de quién compra todas estas guarradas. ¿Fuiste tú?¿O llegaron al armario de la cocina a través de algún tipo de agujero de gusano? Agarro un paquete de galletas y lo destripo estirando con los dedos. Cuatro o cinco barquillos salen disparados y caen al suelo y se hacen pedazos, pero me da lo mismo. Encuentro un vaso a tientas y vuelco en él la leche, con tal ansia que el líquido blanco se derrama por la encimera y sobre mis manos nerviosas como sangre blanca. Y extraigo y mojo y trago y apenas mastico, y es como si me viera desde la puerta de la cocina, mi espíritu astral enmarcado por el dintel y las jambas me observa deglutir paquete tras paquete de pasta refinada, mientras mi grasa corporal aumenta por momentos y desgarro las costuras de mi cuerpo, y parecería que susurrara desde ahí: “Esta no es tu casa. Este no es tu hogar. Por más que corras y busques no habrá nunca un lugar donde esconderte.”.

No debería estar aquí, me digo mientras vacío la vejiga en el plato de la ducha. Me ha dado pereza levantar la tapa del váter. Sudo un poco menos que antes, y mi respiración parece fluir mejor, pero noto una tremenda pesadez en el estómago, como si me hubiera comido diez quilos de tuercas. A través del ventanuco del baño, observo los tejados. El barrio bello y tranquilo, como un enorme bosque. Al levantar el día volverán el ruido y los olores, los gritos y la música y la vida y los embustes. Pero ahora el tejido de las calles y sus gentes parece acomodarse sobre sí mismo como una bestia que duerme. Todo está en orden. Todo salvo el hecho de que éste no es mi barrio. Esta no es mi casa. No debería estar aquí.

Y no lo entiendo, porque recuerdo la ilusión compartida y palpable cuando decidimos que nos mudábamos, que ya era el momento de comportarse como un adulto, que ahora sí, que a nosotros no nos pasaría lo que al resto, que había llegado la hora de mirar hacia delante. La única respuesta que se me ocurre es que alguna de estas noches más recientes, durante una de mis breves siestas, me cambiaron de lugar sin avisar y desperté usurpando el puesto de otra persona que no soy yo. Que soy un intruso en una vida que no es la mía. La ansiedad vuelve, y con ella el vértigo. Me sobreviene una nausea. Trato de respirar y centrarme. Pienso en tu pelo caoba y en nuestros planes y me agarro a ellos como si fueran un ancla. En la manera en que hacías bailar tu melena de lado a la lado de la cabeza la noche en que supe que te quería. En otros ojos y otros labios y otros cuerpos antes que el tuyo, y en cada historia inacabada que apenas dio frutos y en los rituales pequeñoburgueses del amor como pilar de la vida. Palabras y más palabras y llantos y sexo y libros arcanos y un ansia de huir. Un sabor salado que todavía puedo reconocer en el fondo de la boca. Un dolor residual, casi agradable.

La inercia de mi mente me empuja aún más lejos. Llego al instituto y sus años penosos. Bromas perversas que duelen como cuchillos y kilos de más. Cartones de vino barato y música en soledad y cigarros comprados a granel. La primera vez que metí una mano torpe en las bragas de una chica. Mi madre emponzoñando mi cabeza con todo el cariño del mundo: “si te lo propones de verdad, llegarás donde tú quieras”. Junto a ella, caigo más profundo todavía: cuando tenía cinco años, el cerdo de mi padre le rompió la mano y tuvimos que largarnos de casa echando leches. Aquello nos empujó a una vida de mudanzas numerosas y zozobra perpetua de la que todavía no nos hemos recuperado. Puedo rastrear algo de aquel momento, de aquellos huesos fracturados contra el suelo, del pánico a causar o sufrir un daño irreparable, en cada cosa que he hecho desde entonces, en cada una de mis interacciones con el resto de seres humanos, en el cinismo que se hace fuerte entre nosotros, vida mía, y en todas las veces que nos herimos sin quererlo y las imágenes borrosas de un futuro que tal vez nunca llegue. En cómo a nivel cósmico puede que los problemas del corazón sean más bien ridículos, pero a quién coño le importa el orden del cosmos cuando hay facturas que pagar y vivimos en esta ciudad tan cara, y cada gesto de amor es imprescindible para no volarse la cabeza o tirarse a las vías del metro. “Si te sientes mal, ponte en contacto con el personal de la estación”, anuncian los carteles luminosos en los andenes. Pero el suicida no está teniendo un sofoco, un mareo que se pueda calmar con un poco de agua y un abanico. Es toda esta sociedad putrefacta la que le asquea. Es su mera presencia en la Tierra la que le repugna. Él o ella como ente alienígena, algo que no encaja.

Yo no soy un suicida, el mundo también puede ser un sitio hermoso, y además te quiero mucho. Pero no sé si debería estar aquí si la nuestra no es una cama compartida. Por eso me levanto, asustado, cada noche. Por eso las galletas. Tenía que ser tu isla y tu fortín pero no puedo. Me va grande la misión y me siento un impostor tremendo. Pero, ¿qué hacer entonces? La nausea vuelve y yo la empujo hacia lo más profundo de mi cuerpo con toda la fuerza que me queda. Apago la luz del baño y me dirijo al dormitorio. Me tiemblan las manos sólo de pensarlo, pero quizás sea momento de hablar de una vez. Ahora. O miramos de verdad nuestras heridas o puede que pronto nos volvamos locos. Camino a través de una oscuridad magra, pensando en lo que encontraré al encender la luz. Siento despertarte, cariño, pero CLIC.

La cama está vacía. ¿Dónde fuiste?
Respiro. Algo pasa.
Un ruido a mi espalda, la luz se apaga de pronto y no quiere encenderse.
Prueba, prueba a encenderla de nuevo.
Los ojos abiertos y alerta.
CLIC
Funciona.
Algo se agita debajo de las sábanas. Un bulto diminuto, animal quejoso.
No puedo verlo. No quiero. Apago la luz. La boca me sabe a azufre. A ver si ahora.
Vuelvo a ver. Las paredes han cambiado de color, los muebles parecen otros.
Quizás si apago…
Nadie tuvo la culpa, mi vida.
CLIC
¿Qué es este sitio vacío y helado?
Un susurro, la idea de un refugio. Se escapa, se escapa.
CLIC
Me voy de aquí.
CLIC
“¿Quién anda ahí?”.

Los que alguna vez han escuchado historias de fantasmas, saben que en el interior de toda casa se despliega cada noche el universo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s