Deuda de extinción

Cuando terminó su trabajo y se cambió de ropa en los vestuarios del Centro Penitenciario, James sólo podía pensar en el billete de avión que le esperaba, quieto pero lleno de promesas, en la cómoda del recibidor. Había sido su última ejecución antes de las vacaciones, y se la había pasado con la cabeza llena de imagenes: pantalones cortos, camisas hawaianas, chancletas, mojitos y culazos tostados bien cubiertos de aceite. Mucho mejor aquello que lo se siempre: salir de currar con una extraña sensación de reseco en la boca y vértigo en el fondo de los oídos.

Sabiendo lo que le esperaba, se le hizo más llevadero atravesar pesadamente el parking amarillento y silencioso hacia su coche (un Buick del 83 que había conocido épocas mejores, igual que él, que ya empezaba a notar el peso de los años), conducir tres cuartos de hora y llegar a su destartalada casa donde no le esperaba nadie, con la brisa enredándose en los árboles, sólo para tirarse en el sofá con una lata tibia en la mano, y ver repeticiones de partidos de la NFL hasta quedar dormido.

El interior del avión olía ligeramente a limón sintético y una mezcla indistinta de productos de limpieza, tapicerías baratas y algo parecido a pañales usados o polvos de talco rancio. La cabina era pequeña, como solían serlo en casos como aquel, vuelos breves en aviones de hélice. Destino: cualquier lugar más cálido que los de costumbre (que para un hombre como James, nacido y criado en Pryor Creek, Oklahoma, y en pleno febrero, era cualquiera en el que no tuviera que forrarse de jerseis). Había viajado en autobús desde Iowa hasta Florida, y después de tan agotador trayecto, ya sólo el sol de aquel estado maravilloso en vías de ser tragado por el mar le había puesto de un humor excelente. A pesar de la desconfianza inicial, espoleada por el irregular parpadeo de las luces fluorescentes a ambos lados del pasillo, James llegó con paso firme hasta su asiento, vestido con bermudas y camiseta de colores vivos, y dejó su equipaje de mano en el compartimento sobre él. Se acomodó con cierta dificultad debido a la estrechez entre filas, no sin antes dedicar un buen repaso a la azafata de tez oscura y abundantes pechos que en esos momentos recibía a los pasajeros.

Era en esos momentos sobre todo, cuando dormitaba, tarde en la noche callada del pueblo, a oscuras, iluminado únicamente por la tibia luz azulada y vibrante del televisor, cuando le sobrevenía algo parecido a un miedo infantil que nunca sintió cuando era un niño fuerte y sano del Medio Oeste. Cuando ciertas preguntas parecían querer formularse, peleando por emerger a la superficie desde las profundidades aletargadas de su mente. Durante años, su trabajo diario limpiando celdas, esposando presos, repartiendo últimas comidas, le dio una estructura a una vida que hasta ese momento no había tenido demasiado propósito ni solidez. Su realidad era la del burócrata agradecido, la de la máquina de trabajar. Su carácter agradecía la rutina, y a cambio de conseguirla, en todo ese largo tiempo, James nunca se había permitido el mínimo espacio para la queja. Ni tan solo para la duda. A pesar de ello, sin que él fuera del todo consciente, con el tiempo ciertas intuiciones vagas e insidiosas habían ido depositándose en rincones de su ser a los que apenas llegaba la luz, como telarañas o moho en habitaciones húmedas y sin ventilar. Una nebulosa de sensaciones a las que era incapaz de poner palabras porque para él, ni siquiera estaban allí. Salvo algunas noches, en plena soledad, cuando notaba algún que otro latigazo en la sesera. Cuando le sobrevenían vértigos inesperados y le parecía que alguien estaba a punto de llamarle desde lejos.

Apartaba aquellos pensamientos retorcidos como eructos de la psique, sin aceptar que después de tanto tiempo solo en casa desde que Madeleine le dejase (nunca fue un mal marido, habría que ver si fue uno bueno), alimentándose a base de comida congelada, en su interior se estaba empezando a abrir una brecha que dejara paso a lo desconocido. Que sin saberlo, poco a poco, empezaría a tener la creciente sensación de que todo a su alrededor, esa realidad que daba por supuesta, esos hábitos laborales en contacto diario con la muerte y la asepsia de los aparatos represores del Estado, no era más que una especie de proyección, una farsa, luces y formas y pantomimas desplegándose en torno a él. Una cierta desconexión con los objetos cotidianos que podría estar anticipando aquello que en las escrituras llamaban “revelación”.

Los motores del avión se pusieron en marcha con una pedorreta y un chisporrotear de humo y gasolina. James se acomodó en su asiento, demasiado estrecho para su robusta anatomía. Se arrepintió por un segundo de no haber pasado más tiempo en el gimnasio del centro. Se le pasó rápido cuando pensó que allá donde iba, por unos pocos dólares tendría a todas las chicas que quisiera. A su lado, pegado a la ventanilla, había sentado un muchacho. James no reparó en él hasta pasados unos minutos, una vez ya perdió el interés por la otra azafata (linda también, igualmente pechugona) que les dio la instrucciones de seguridad. Mientras el joven miraba por la ventana, se fijó en su perfil. No destacaba por nada en especial, ropas oscuras, pelo corto, piel pálida sobre un cuerpo delgado, rondaba los treinta años. Su cara y su actitud, sin embargo, le resultaban vagamente familiares. No acertó a adivinar por qué y enseguida se cansó de observar. El avión giró en redondo sobre la pista, aceleró y se alzó en vuelo como si alguien le hubiera dado una patada en el culo.

El viaje se acercaba, y algo no iba bien. Una ligera y constante presión en las sienes parecía quererle indicar cada cierto tiempo que las cuentas no estaban cuadrando. Como si detrás de su vida diaria, de esa realidad aplastante y sombría y rígida construida a base de años y tedio infinito, hubiera otra vida. Como si lo real se estuviera disolviendo y perdiendo sentido. Por supuesto, él lo achacó al exceso de trabajo. Al no haber hecho vacaciones en lo que parecía un siglo. Aún para alguien tan testarudo y convencido como él, su línea profesional podía llegar a resultar agotadora. Los terapeutas del centro recomendaban al resto de empleados tomarse descansos periódicos para mejorar la productividad, pero él siempre se había resistido. Llevaba dedicado a lo mismo 18 años, construyendo una vida basada en la repetición y la disciplina. No tenía ninguna razón para tomarse un descanso, ni nadie con quién tomárselo. El problema no era su trabajo. No era uno de esas nenazas que tenían dudas sobre lo que había que hacer con los criminales. Su padre había sido ejecutor (les gustaba más aquello que verdugo, no sonaba tan vulgar) y la pena de muerte era una realidad tan asentada en el canon de valores familiar como cantar el Himno, comer perritos calientes el cuatro de julio o ignorar con vehemencia el Cambio Climático.

Para James, aquellos a los que tumbaba en la camilla eran simples números de un expediente. Gente que había cometido un error o varios, criminales que no se merecían un hueco en el País de las Oportunidades, y a los que por tanto la Justicia debía hacer pagar. Por si fuera poco, las nuevas técnicas de ejecución por inyección letal se aseguraban de que el reo no sufriera, costándole de paso al Estado unos cuantos miles de dólares por el camino. Nunca se había atrevido a decirlo en voz alta, salvo en alguna esporádica noche de borrachera, pero James era más partidario de los viejos métodos, la horca o incluso la guillotina. Baratos, efectivos, y más adecuados para la tarea de ajusticiar a quien lo merecía. Sin embargo, había que adaptarse a los nuevos tiempos. Más allá de esos pequeños detalles, su trabajo era como cualquier otro, un proceso mecánico basado en unas reglas que no había por qué desafiar. Si uno empieza a cuestionar, aunque sea un poco, ciertos principios del Sistema, todo se viene abajo, y sobreviene la Anarquía.

Se preguntaba entonces, en las noches de insomnio, si el divorcio no le estaría pasando factura. Pero en realidad la vida sin Madeleine, aunque menos práctica y desde luego no tan deliciosa, era bastante más tranquila. Así que pena poca. Ni siquiera se había entregado a los brazos del alcoholismo, como le había pasado a algunos de sus escasos amigos o ex-compañeros de trabajo. Odiaba las resacas, la torpeza de la mente embotada, y hacer mal su trabajo James era una roca, era frío y eficiente, y sus colegas lo conocían y respetaban como tal.

Se sentía bien allí sentado, a cinco mil pies de altura. El whisky doble con soda que había pedido se estaba pegando un buen paseo por su organismo, y de pronto le invadieron las ganas de aventura, la comunión con todo lo que le rodeaba, la locuacidad. Girando levemente la cabeza hacia la izquierda, empezó a hablar. “¿A dónde va usted?” preguntó al joven, que apenas se había movido ni emitido sonido alguno en la media hora que llevaban en el aire. Ante la pregunta, tampoco pareció reaccionar. “Disculpe”, insistió James, añadiendo un carraspeo suave. El chico tardó un rato en dejar de mirar por la ventana, y cuando le miró no se fijó exactamente en él, no en la persona física que era, con sus espesos bigotes blanquecinos, su cara ruda, calva incipiente y ojos marrón oscuro, sino más bien a través de él, fuera de él. Sin decir nada. Sumido en un silencio que pareció devorar la pregunta inicial. James tragó saliva. Los ojos del chico eran claros, de una palidez azulada que sugería más bien un desteñir, ojos convertidos en turbia sombra de lo que fueron. La expresión era seria, pero más bien el reflejo, no del todo humano, de lo que debería ser un rostro serio. Con un hilo de voz ronca, y la mandíbula de pronto tensa, James dejó caer un tímido “¿Le conozco?”

Dicen que los gatos pueden ver cuando alguien va a morir. Dicen que frecuentan las camas de los que están a punto de pasar al otro lado, y que es su presencia la que abre una especie de portal entre los mundos. Que de vivir rodeados de muerte, la evolución genética les ha hecho desarrollar algún tipo de percepción extrasensorial, o alguna cosa así. Hay quien retrotrae incluso estos poderes a su condición divina en algunas culturas ancestrales. James nunca creyó en esas historias. Y a decir verdad, en ninguna historia. Ni siquiera las que su abuela le contaba cuando era pequeño. Su sistema de valores era simple y efectivo, impenetrable, y basado en lo que sus ojos podían ver y sus manos tocar. Las creencias no iban con él. “La fe es para otros”, solía decir. Era en lo único en lo que no coincidió nunca con sus padres, cristianos fervorosos. Tal y como él lo veía, si uno empezaba a creer demasiado en cualquier cosa el mundo podía venírsele encima de un día para otro, y salir escaldado, hasta el cuello en una crisis de fe. Más allá de lo tangible e inmediato, de lo que él mismo podía controlar y construir con su empeño, el mundo era sólo un nido de ratas y locos, el caos más absoluto.

Quedaban pocos días para sus vacaciones y en su cabeza ya había tomado cuerpo cierto presentimiento. Desazón. Un cierto mirarse en los ojos vidriosos de los cadáveres recientes y tener la sensación de que querían confesarle algún secreto. Una especie de picor en los oídos al ir a sacar un café infame de la máquina. Algún que otro susurro de origen desconocido tras la nuca al sentarse, ya muy tarde, a la mesa de la cocina nada más llegar a casa, con una Bud Light entre las manos. Como si alguien quisiera hacerle comprender de una puñetera vez. James se sacudía rápidamente la inquietud con un bufido y un decirse que “pronto estarás lejos, pronto estarás tranquilo”. Eres muy duro contigo mismo James, respira hondo. Pronto cogería ese avión que tantos ahorros y esfuerzo le había costado, y podría pasar horas fundiéndose con la arena finísima y resplandeciente de las mejores playas y allí todos esos pensamientos difusos y tanta tontería no serían más que un mal recuerdo. Todavía le quedaba una última ejecución por completar (varón blanco, 34 años, pelo corto, ojos claros, doble homicidio) y no era tiempo para historias de folletín.

En la víspera de su viaje, trabajó con su habitual profesionalidad. Acto seguido se echó su bolsa de deporte a la espalda, se despidió de algunos de sus colegas, y salió del Complejo Penitenciario. Atravesó el parking, a grandes zancadas, tratando de aislarse del frío, de la soledad de las rayas blancas teñidas de naranja pintadas sobre el suelo. De las presencias que sentía alrededor. “Todo va a salir bien, Jamie, no te preocupes”, se dijo mientras llegaba a su coche.

Al mediodía todos los periódicos se habían hecho eco de la noticia: “Accidente aéreo en las costas de Florida. Un avión con destino Santo Domingo pierde el control en pleno vuelo y cae al agua cuarenta minutos después de despegar desde el aeropuerto de Tampa. La mayor parte del pasaje era estadounidense. De momento se desconocen las causas de…”

James abrió la portezuela del Buick a toda prisa y con el corazón encogido entró en él. Al poner las manos sobre el volante, en la completa calma de la noche, tuvo esa reconfortante sensación que siempre le invadía en aquel momento exacto: allí estaba seguro. Más allá de las paredes del centro, la muerte ya no existía. Tal era su fe secreta, a la que ni siquiera él mismo llegó a poner nombre. Y contra ella, nadie podía. Ni siquiera la muerte misma, acechándole durante meses, con sus largas alas extendidas y la guadaña afilada, esperando el momento oportuno.

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