Breve Historia del Capitalismo (II)

1830

Jonah Endglund no disfrutaba especialmente del sabor de la carne humana. A pesar de la ternura de sus muslitos, y de la exquisitez de sus pequeños glúteos, catar niños no acababa de estar hecho para él. Sus incursiones en el canibalismo infantil era de carácter estrictamente professional, y casi nunca encontraba en esa actividad el componente de disfrute glotón al que sí se entregaban sus compañeros de la Brigada de Limpieza Urbana (regulada por la sección de Asuntos Internos de Scotland Yard). Su firme rectitud moral y su pacato rechazo a cualquier forma de hedonismo le impedían de disfrutar de casi nada, con la excepción quizás, del placer que le propocionaba desempeñar su trabajo diario con una meticulosidad enfermiza.

La Primera Revolución Industrial había cogido Gran Bretaña a contrapié, poco preparada para lo que se le venía encima, y casi de un día para otro, Londres se había convertido en un auténtico hormiguero. En aquella cloaca al aire libre se apelotonaba ya demasiada gente, debido a la extraordinaria afluencia de parias y desposeídos que, a principios de siglo, habían inundado la ciudad llegados del campo, de otros países fronterizos, e incluso del continente, buscando algo parecido a una vida para ellos y sus familias en expansión. En muy pocos años, las calles rebosaban de pequeños huérfanos, hijos e hijas de andrajosos, buhoneras, pillastres, hilanderas, buscavidas y prostitutas, de madres que morían desangradas durante el parto, de padres que despercidiaban sus vidas y sus escasas monedas en alcohol, pudriéndose en tabernas infectas, de adultos que por la desgracia que fuera decidían abandonar a su progenie a su suerte. Un enjambre caótico formado por todos aquellos chiquillos que no podían o no querían participar del agotador trabajo de las fábricas o los telares, niños enfermos o deformes o desnutridos, pícaros que deambulaban por las calles dando el palo a mercachifles y burgueses, que trabajaban para el crimen organizado y se apiñaban en sótanos y buhardillas llenas de humedad y de moho y ratas. Chavales que sobrevivían mendigando pedazos de pan y raspas de pescado podrido, y que muchas veces morían aún niños, de hambre, de disentería, de tuberculósis o después de una paliza mal llevada, y que a pesar de su fragilidad, se multiplicaban como si se tratara de una plaga bíblica. Tanto que no tardaron en convertirse en un auténtico estorbo. Un grave problema de salud pública para una sociedad que ya entonces empezaba a entregarse sin fisuras a la obsesión por la higiene física y espiritual.

Cuando la Ordenanza Municipal 42/M (conocida entre las clases populares como “Ley Colmillo”) entró en vigor el 3 de enero de 1827, Jonah pasó en un abrir y cerrar de ojos de eficiente però insípido patrullero, a cazador de niños desvalidos y sin credenciales, niños a quien nadie reclamaba. Su trabajo consistía en localizarlos y asegurarse de que nadie los reclamaría (había que ser especialmente cuidadoso en ese punto). Después se les capturaba y ponía dentro de un saco, se les llevaba a los calabozos de la comisaría, en los oscuros sótanos del oscuro Whitechapel, se los anestesiaba con cloroformo y se los desollaba y abría en canal sin piedad, como a cochinos. Esta práctica, que algunos diarios protosocialistas (pronto censurados) tacharían de macabra, sádica e inhumana, tuvo un efecto doblemente positivo. El primero, deshacerse de un excedente humano que no generaba más que problemas al ciudadano de bien. El segundo, proveer el mercado londinense, y en especial a sus clases dirigentes, de un flujo en apariencia inagotable de carne de primera calidad. Los único daños colaterales eran, para Jonah y compañía, que ellos tenían el encargo de degustar siempre el material retenido.

El protocolo de su división marcaba claramente las directrices a seguir. Primeramente, echaban un vistazo a la calidad del material cazado; después, separaban las partes más jugosas, las piezas selectas dirigidas a los hogares pudientes, de aquellas que irían directas a las tiendas de casquería, o que directamente servirían de alimento a los perros. Estas piezas de calidad inferior solían aterrizar en los mercados de los barrios más humildes, donde incluso alguna de las madres de los niños expuestos acababa rivalizando, sin ser consciente de ello, por un pedazo de nalga o víscera fresca de sus queridos. Aquellos cuerpos no válidos, ya fuera por deformidad, gangrena o enfermedad, se enviaban, también en sacos, a los hornos de las fábricas a modo combustible. Entre las clases opulentas de la ciudad, en los salones de ministros y nobles, después del enésimo recital de piano y poesía, era costumbre parlotear sobre las propiedades nutritivas de la carne humana, y un pasatiempo muy socorrido consistía en comparar entre las diversas tipologías, su peso, su consistencia, sabor, y cuáles era las maneras más adecuadas para cocinar según la edad del niño, generalmente antes de trasladarse a los salones superiores de la casa, donde tenían lugar orgías desenfrenadas que eran la envidia de los círculos privilegiados de toda Inglaterra.

Jonah se mantuvo siempre cauteloso y discreto respecto a esta realidad con la que le tocaba convivir, a pesar de sus reservas. Precisamente en aquella época, a punto de conseguir un ascenso a la brigada, y después de tantos años de picar piedra como patrullero, no podía permitirse un solo error. Ninguno. Y es que a pesar de las antipatías que su carácter seco y terco despertaba entre algunos de sus compañeros, había otros que admiraban su evidente potencial para el ascenso dentro del cuerpo. Sabían que llegaría lejos, y también que sus padres se habrían sentido orgullosos de todos sus triunfos. En caso de haberlos tenido.

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