Maldito carpintero

A pesar de que Jeremiah, Jimi para los amigos, trató desde un principio de mantener su proyecto en el más estricto y hermético de los secretos, pronto fue vox populi que su hallazgo era probablemente el más grande de toda la Historia de la Arqueología. Ya se sabe como funciona: uno necesita un equipo para esta clase de expediciones. Necesita mecenas, necesita operarios, guías que conozcan la zona. Él podría haberse valido por sí solo, pero el Oriente Medio puede ser un entorno muy hostil. Y al final, con tanta gente en el ajo, es fácil que a alguien se le vaya la lengua.

Han pasado quince años desde que el Santo Grial fue por fin descubierto, y desde que la noticia saltó a los periódicos, Jimi no ha tenido un momento de paz.

Desde el primer minuto, periodistas de todo el mundo se lanzaron a por la Noticia del Siglo con la avidez de las aves de rapiña. Hacer cualquier cosa cotidiana, como tomarse un café o ir al lavabo se convirtió en un infierno, imposible sin que alguien le pusiese una grabadora o una cámara debajo del bigote. No hablemos ya de volver a sus clases en el departamento de Demonología y Ciencias Arcanas de la Universidad de Cambridge o de tener una vida privada, la cual en realidad tampoco había sido nunca demasiado apasionante, más allá de los enormes tomos en latín en los que tenía metida siempre la nariz y una chica con la que hizo amistad una vez pero con la que nunca llegaron a mucho más que caminar cogidos de la mano por el parque del Campus una tarde.

Ahora bien, el verdadero problema vino de tres partes en principio bien diferenciadas y a la postre peligrosamente parecidas: las autoridades federales, las empresas privadas y la mafia.

Como era fácil dar con sus datos personales, ya que en un principio no vio motivos para esconderse, la presión y las amenazas se convirtieron en constantes muy rápido. Unos decían querer asegurarse de que el artefacto (una copa que resultó más bien tirando a fea, descolorida y con moho milenario pegado a la superficie) no cayera en malas manos, conservarlo como el Patrimonio de la Humanidad que era, mostrarlo en buenas condiciones al público que quisiera verlo. En realidad planeaban conseguir, bebiendo de él, la inmortalidad de una reducida élite de gobernantes, así como la creación de un ejército invencible que no pudiera ser derrotado en la ya inminente tercera Guerra Mundial.

Los segundos ofrecían cantidades indecentes de dinero para poder utilizar las ventajas del cáliz en investigaciones de todo tipo, desde aplicaciones médicas a explotación turística, merchandising o coaching para ejecutivos. Incluso hubo una gran corporación cuyos membretes rezaban Masonic Ent. Limited que requería la copa para poder demostrar empíricamente la existencia de Dios, descodificar su esencia y venderla en cápsulas monodosis a precios exorbitantes.

Los terceros no tenían por qué dar explicaciones.

Pronto, la vida de Jeremiah se convirtió en un torbellino de miserias. Acabó siendo  desahuciado, perseguido. Sus cuentas bancarias fueron intervenidas, el teléfono pinchado, sus pocos amigos le dieron la espalda. La policía no quería saber nada de semejante patata caliente. Después de tener un tiempo el Grial guardado en la caja fuerte supersecreta de los sótanos acorazados del Campus, empezó a no fiarse ni de su sombra y en un noche de noviembre desapareció con él. Voces autorizadas dicen que se escondió en lo más profundo de los bosques de la región más perdida y septentrional de Alaska, y que dormía con la copa entre los brazos y una pistola bajo la almohada. Dicen que se dejó el pelo largo y barba, que se operó los ojos y los pómulos, que se cambió de sexo.  Algunos incluso aseguran que sus conocimientos en artes oscuras le sirvieron para proteger su identidad y paradero a base de herméticos hechizos que lo fueron acercando más y más hacia la inhumanidad. Así, su mayor hallazgo acabó por convertirse en la maldición que arruinó su existencia. Hasta el día en que, tras mucho pensárselo, y superado por la soledad, el aburrimiento, la paranoia y la pena, bebió de la copa y dejó de ser humano. Ya nada podría acabar con él, ni siquiera la locura, ni siquiera una bomba H que le cayera directamente encima.

Si todo esto es verdad, y Jeremiah sigue vivo en alguna parte del globo, y algún día se encuentran con él de sopetón, mirándoles con desdén y furia contenida desde lo más profundo de su calavera macilenta, trátenle bien. No le echen en cara su falta de modales, ni su desprecio infinito hacia la humanidad. No le reprochen su falta de higiene o su violencia.

Es el primer inmortal, y se siente muy solo.

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