Breve Historia del Capitalismo (I)

1638

La naturaleza siempre marca sus propios ritmos. A veces actúa paulatinamente, de manera casi imperceptible. El óxido en el motor de un coche. La descomposición de una pieza de bollería industrial. El desgaste de un amor. En otro extremo tendríamos las explosiones y los estallidos, los arrebatos repentinos y los cataclismo, el paso de un estado de materia a otro en una fracción de segundo. A más velocidad, más violencia reactiva y mayor el daño potencial.

Pero además, la Historia del hombre está llena de meandros y retruécanos que escapan a toda lógica natural y que redibujan nuestra manera de entender el mundo. Eventos que parecerían fuera del alcance de la comprensión del común de los mortales, esto es, si no fuera porque el hombre de la calle ha demostrado una y otra vez ser capaz de las atrocidades y proezas menos imaginables.

Lo que pasó con los tulipanes podría encajar perfectamente dentro de esta última categoría. Durante milenios, Europa vivió sin ni siquiera saber de su existencia. Tulipanes, bah. Coloridas plantas exóticas. Tonterías propias de la gente ociosa que viste de seda. Pero de repente fue la fiebre, la locura, el pandemonium. Lo que empezó como el capricho de unos pocos, acabó siendo la obsesión y la ruina de muchos.

Corría el año 1632, y Jan Van Leeuw apenas conocía nada que no fuera el punto de cocción de la masa en el horno y la técnica para que los bollos quedaran esponjosos. Con sólo veintiseis años, Jan era un panadero con más de quince de experiencia en la profesión. Trabajaba en el negocio familiar, que había pasado de mano en mano a lo largo de generaciones y en ese momento pertenecía a su padre. Allí mandaban la harina y el cornezuelo, y no la jerga perversa de marchantes y corredores de Bolsa. Sin embargo, ya en aquel entonces Jan tenía una cosa clara: sabía que los tulipanes lo harían rico, antes de hundir el país en el desastre.

Lo sabía porque La Bruja lo sabía. Porque los Huesos se lo habían dicho. Porque la Vieja lo había visto con el rabillo de ese ojo hinchado y enrojecido que aún conservaba como podía, y que a Jan le producía tanta repugnancia. A pesar de sus reticencias, la visitaba una vez por semana. Se presentaba en su ruinosa caseta en medio de los humedales y le pedía consejo a cambio de unas cuantas monedas.

Jan no era especialmente sagaz, pero gozaba del olfato de las bestias carroñeras. Se esforzaba en entender a ese súcubo, convencido de que, de ello, dependía su destino. Y más aún cuando, en un momento dado, la Vieja le dijo que las flores le proporcionarían grandes fortunas. O algo así. Quizás Jan entendió sólo lo que más le convenía. En el siglo XVII, aún podía uno soñar despierto, y hacerlo gratis.

Para poder comprar el primer bulbo tuvo que empeñar la panadería. Todo el mundo pensó que había enloquecido. El momento, a pesar de ser triste y hundir a su madre en un mar de lágrimas, era el adecuado: su padre acababa de morir de una extraña afección estomacal. El abuelo lo maldijo y, durante días, le retiró la palabra. Hasta que también murió. Seguramente ese final se habría precipitado todavía más si el abuelo hubiera sabido que para poder hacerse con la titularidad de la panadería, Jan había envenenado su padre. El tiempo ya era oro, y no podía andarse por las ramas. Era 1634, y la furia de los tulipanes ya se hacía notar con fuerza. Jan, para entonces, sólo tenía oídos para la Bruja. Las visitas a su escondite eran cada vez más frecuentes, las instrucciones más complejas, la fe en la oscuridad más y más firme.

Se produjo entonces la primera venta, el intercambio primigenio. El dinero comenzó a brotar, lo hacía al mismo ritmo que los sueños de Jan se iban oscureciendo. Su mundo se encogió, la vida cambió de tiempo verbal y el futuro colisionó con el presente como un diorama perfecto y brillante más real que la propia realidad.

Pasados cinco años, el Don -así es como se hacía llamar- se había convertido en uno de los hombres más ricos de los Países Bajos. Como el humilde trabajador que fue durante muchos años, descendiente de una célebre saga de tacaños, y consciente de cómo era de fácil despertar rumores no solicitados, supo mantener un perfil de lo más discreto, sin hacer ostentación de su fortuna. Pronto se trasladó a una mansión grande pero no muy llamativa en las afueras de la ciudad, y desde allí pudo administrar sus propiedades. Vivía solo, pero los criados explicaban, a quien quisiera escucharles en la taberna, que de vez en cuando recibía visitas, siempre por las noches, y que en aquellas ocasiones parecía como si los candelabros del comedor se movieran solos. Los cuadros parecían mirarte y la casa, decían, se llenaba de un olor extraño. Más agradables que éstas eran las otras noches, aquellas en que la casa se llenaba de chicas jóvenes y bonitas. A pesar de que era una hombre medio contrahecho y no muy locuaz, también era rico, y podía pagarse la compañía. Además, corría la voz que su vigor sexual era de otro mundo.

Cuando la burbuja del tulipán finalmente estalló, hacía tiempo que Jan se dedicaba a la compraventa de telas e inmuebles, especias y antigüedades. Había pasado muchos años en la más absoluta soledad, encerrado en su despacho y administrando sus dominios. La Bruja era la única que, en medio de la noche, se deslizaba en su cuarto y le obligaba a beber infusiones de venado, llenándolo todo de incienso, ramitas y dibujos de todo tipo. También le hablaba. Sobre todo, le hablaba. Día tras día, al oído y en sueños. Palabras en lenguas extrañas, sonidos que precedían la misma existencia humana.

Los problemas de insomnio comenzaron a dañar la mente ya debilitada de Jan, pero el dinero continuaban llegando a montones. La Vieja lo era tanto como los árboles más inmemoriales de aquel bosque, pero parecía que su presencia sería eterna, y sus palabras contenían verdades sobre todos los miedos humanos, aquellos que tanto provecho daban a Jan como buen comerciante que era.

Cautivado por su presencia infecciosa, el antiguo panadero dejó pasar los años. Hasta que un buen día, salió a pasear y ya no volvió nunca más. O eso es lo que cuentan. Aunque hacía tiempo que nadie veía a La Bruja, y que todo el mundo parecía haberla olvidado, los rumores que relacionaban a Jan con la magia negra volvieron. Entonces nadie entendió que, tarde o temprano, todo el mundo se transforma en su propio anhelo. Jan llevaba tanto tiempo viviendo en un predicción, que acabó convirtiéndose en una. Atravesó el velo de la realidad ordinaria y se instaló en un estadio espacio-temporal paralelo: el de la compraventa. El presente ya no podía acogerle.

En el jardín de Jan, las deslumbrantes variedades de tulipán que había reservado para su colección particular aún brillarían durante unos cuantos meses. Hasta que un día aparecieron convertidas en ceniza y brasa. El jardinero las barrió sin pensarlo demasiado, una mañana cualquiera de noviembre.

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