Iconofagia

“Ese pobre pestilente que ves ahí tirado, ¿sabes? Sí, ese sin techo apestoso que te encuentras todos los días cuando vas a trabajar, ¿sabes quién es?, ¿te suena su cara? No.  Claro que no. Ese saco de huesos sarnoso, que se pasea con una mochila a la espalda, con la ropa hecha jirones, cubierto de roña por las calles de tu hermoso barrio; Ese tío que a veces se saca el rabo de la bragueta en medio de la acera, que deja suelto el cipote sólo para escandalizar a las adolescentes de buena familia cuando van de compras a las tiendas caras, y les saca la lengua y gesticula como un tarado; ¿No?¿Ni idea? No te preocupes, es normal. Porque ESE TÍO es, o era, o fue el Subcomandante Marcos…

Sí, no pongas esa cara. Alguna vez lo fue. “Pero si el Subcomandante no ha muerto”, me vas a decir. En cierto modo sí. Este tío fue la primera de sus múltiples iteraciones. Sí, recuerda, te quiere sonar… El Subcomandante Marcos, el Original, el fundador del EZLN. Acuérdate de los noticiarios, en los 90. Cuando Chiapas era algo todavía, antes de que todos la olvidáramos COMPLETAMENTE. Y acuérdate también, no hace mucho, cuando se descubrió que el Subcomandante en realidad era un fantasma.

Pero sí hubo un PRIMER comandante. Uno que se llamaba, o se llama, Rafael. Dicen que fue un alumno brillante y un prestigioso profesor, que sus tesis y sus ideas eran radicales y brillantes, visionarias. Que prendían el aire, que la energía chisporroteaba alrededor de su cabeza mientras hacía malabarismos con las palabras y Althuser y Foucault y Hannah Arendt, y se iluminaba con las prédicas de la Teología de la Liberación. Que en un momento dado decidió pasar de las ideas a la práctica y sel anzó al monte. No tardó en demostrarse como un experto líder revolucionario, de puño firme y corazón enorme. Pero de todo aquello ya hace mucho tiempo. Del EZLN y las sublevaciones indígenas ya hace TANTO tiempo.

El Subcomandante se convirtió, gracias a su anonimato de figura superheróica, y su espectacular apariencia tocada con pasamontañas, en un icono.  Carne de fenómeno fan, póster y camiseta de oferta. Poco a poco trascendió su condición tribal , su reducto indígena, y empezó a codearse con gente a la que en realidad no tardó en empezar a odiar. Blanca, culta y arrogante. Pero a raíz de esas amistades, y de su talento para codearse con espectros, consiguió mucho dinero. No se sabe exactamente cómo, rumore rumore, se habla de tratos con los narcos, con políticos turbios, con el lobby del petróleo, con la KGB. La guerrilla zapatista se benefició de aquellos tratos sin hacer demasiadas prguntas, y Rafael se sintió bien por un tiempo. Su sacrificio servía para algo. Pero aún así, pronto se cansaría de aquella nueva vida, de ser rico y de odiarse a sí mismo. Rafael ya no quería ser Marcos. Ya no quería escribir libros ni liderar pueblos. Quería desaparecer. Así que un buen día, sin decir nada a nadie, cogió la parte de ahorros que había ido acumulando, y se largó. Así sin más. No pongas esa cara. Tú habrías hecho lo mismo.

Desde entonces se dedica a viajar por el mundo con cuatro cosas encima. Un grueso fajo de billetes, una copia de la autobiografía de Kanye West, un miniparaguas, unas gafas de sol rotas. Al principio de sus viajes le acompañó un perro, chiquito y pulgoso. El Subcomandante lo acabaría abandonando en algún puerto industrial y olvidado, sucio de óxido y salitre y aceites. No quería seguir buscando comida para los dos. Para entonces ya había empezado a darse cuenta de que tantos años de lucha y sacrificio le habían secado el corazón. Miraba al perro, tan inocente y ufano, correteando a su alrededor, y quería comérselo a mordiscos. Hincar los dientes en su panza peluda y sucia y desgarrarle las entrañas y beberse su sangre. Antes de hacer tal cosa, simplemente lo dejó suelto y el azar hizo su parte. El problema no era tanto que el perro comiera demasiado, sino la preocupación que suponía. Y toda preocupación innecesaria debía ser eliminada.

El Subcomandante no necesita demasiados platos calientes a la semana. La idea es poco a poco volverse traslúcido, afectar cada vez menos al mundo que le rodea. Come poco, y el resto del tiempo suele masticar regaliz para engañar el estómago. Alguna que otra vez roba una fruta o una chocolatina. No por necesidad, como ya te he dicho tiene más pasta que un obispo, es riquísimo. Si vive como un indigente es porque su voluntad lo manda. Porque de todas las opciones, ser pobre era la que parecía menos exigente. Porque sólo quiere tomar el sol en su barril, como Diógenes de Sinope. Desde que se alejó de México tampoco fuma en pipa. Siempre le pareció un hábito asqueroso, pero servía para alimentar el mito.

Si miras los periódicos, tal vez leas algún titular o alguna frase, de los primeros tiempos, en los que Marcos afirmaba que su máscara era más bien un espejo. Que él podía ser cualquiera, que no había necesidad de ser nadie. Que lo importante era la Revolución. Y por un lado, sí. Pero por otro… Mentira. Mentira. Rafael se quitaba importancia, pero si no, cómo explicas las instrucciones, dime. Cómo explicas el pliego de notas que dejó por escrito antes de marchar:

  • UNO, sustituir a quien representase la figura del Subcomandante cada cierto tiempo, dentro de un margen de entre 5 y 8 años según el caso, para que la figura no muestre signos de envejecimiento.
  • DOS, nunca nadie, salvo el círculo más íntimo, el Comité, formado como ahora por un máximo de seis personas, conocería el verdadero rostro del líder.
  • TRES, que el Subcomandante tiene que fumar su pipa y mantener el resto de sus señas de identidad. La pipa, junto con el uniforme, el puño en alto, las insignias, las estrellas rojas, forman parte de un código, de una estrategia de comunicación. Proxemia, lenguaje no verbal, caminos indirectos, las pistas son más importantes que lo evidente.
  • CUATRO, las decisiones del Subcomandante se decidirán en asamblea por el Comité, según un régimen de mayoría simple. Toda decisión será irrevocable una vez tomada, y ni siquiera el mismo Comité podrá revocarla. En ningún caso se tratará de localizar al Marcos original para dirimir rencilla o debate algunos, por grave que estos pudieran ser.
  • CINCO, el Subcomandante no protagonizará o formará parte a partir de ahora de encuentro, marcha, conferencia, rueda de prensa ni acto público alguno. Sí que podrá escribir comunicados o generar otro tipo de literatura, siempre bajo la supervisión previa del Comité y sus asesores.

La comunicación externa, la información, la construcción narrativa y el por qué y el cómo se utilizaban las palabras siempre había sido una obsesión para Rafael, para Marcos, para el fantasma. Un asunto delicado, volátil. Internet, además, había borrado algunas fronteras del significado, ya nadie sabía muy bien hacia dónde mirar dentro del magma digital. Tantas fotos de pies, de gatos, de parejas goals; tantos platos de comida y challenges y memes absurdos; tantas noticias falsas e hilos de Twitter que todo parecía fundirse en un mismo tiempo, en un continuo rugido de bits y píxels. Ante la avalancha, los nuevos ojos, ávidos de novedad y estímulo, habían perdido contacto con la antigua realidad. Las viejas verdades y valores parecieron de pronto espejismos, barcos oxidados. Quizás siempre lo fueron. Rafael no confía en las máquinas, por tanto, aunque al mismo tiempo se pregunta si en realidad lo único que pasa es que se hace viejo.

Vive en otro lugar, en otro tiempo. Con su agente, Jean Claude, habla de vez en cuando, para conseguir algo de liquidez, si necesita hacer algún que otro gasto. Siempre utiliza cabinas de teléfono, esas que van retirando de las calles, las que por lo general solo utilizan los emigrantes y los que se niegan a comprarse un móvil. Los locos o los resistentes o los testarudos.

¿Sorprendido? No me extraña. De todos modos, ahora que sabes todo esto, deja en paz al pobre hombre, no vayas a importunarle. Rafael no quiere ser descubierto y tú no quieres saber nada de él. No nos interesa la verdad de los objetos ni de las personas. A ti te fascina el personaje, no él. Él es un pobre repugnante, es justo lo que has pensado de él al verlo, ni más ni menos. Ha conseguido desaparecer siendo todo apariencia, y así está bien. Él mismo lo decidió así. No lleva encima identificación alguna, ni pasaporte ni tarjeta de crédito. Muchas mañanas, cuando abre los ojos, lo único que desea es disolverse, como el ácido comiéndose el acero, el azúcar en el agua caliente. Está empezando a olvidar la revolución que quiso encender. Su figura, lo que fue, la maquinaria que él puso en marcha y mantuvo, hace tiempo que actúa de forma autónoma, como Elvis o Michael Jackson o el Ché, su viejo ídolo. Y de forma autónoma genera nuevas líneas de ideología y beneficio. Los mensajes se desvirtúan, y ahora ya es tarde para preocuparse porque se cumplan o no las condiciones que él mismo estableció.

Muchas mañanas, cuando abre los ojos, desea haber podido destruir su propio mito cuando todavía estaba a tiempo. No fue listo, no fue rápido. Se retiró y aquella fue su perdición. Tuvo que haber sabido que las aves carroñeras nunca pierden la oportunidad de arrancarle los ojos a su presa, de sacar tajada de lo que sea. No pueden evitarlo. Es su naturaleza. Así que vamos, deja de mirarle. No queremos molestar. Echémosle una moneda, y sigamos. Te invito a un café y me sigues contando tu historia”.

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